Creo que cada dos años repito la misma retahíla, pero aquí va nuevamente. Y es que la champaña o sus homólogas me gustan tanto, que tengo con otras amigas beodas (mejor beoda que beata, al menos in my book) un grupo de meditación cuyo único mantra, repetido en estado zen (algunos lo llaman iluminación, otros simple estupor) es: “Que no se acabe el bubbly”. Como muchos saben, bubbly significa –palabras más, palabras menos– burbujeante.
Hace unos años, conversando con un colega, el gobernador de Slow Food para México, Giorgio di Angelo, me dijo que en pruebas exhaustivas habían encontrado que el mejor vino para el mole, esa maravilla mestiza que baña los guajolotes (pavos, darling) celebratorios, y que consiste en una amalgama exquisita de especias, nueces, hojas (en especial la hoja del aguacate criollo, que al tostarse adquiere un sabor de anís profundo e irrepetible) y algunas veces, chocolate, es el champán.
Y por extensión, los espumantes en general, sean blancos o rosados. Y lo mejor es que son una especie de as en la manga cuando de nuestra comida criolla se trata, y de la amalgama de sabores y vertientes culinarias que suele traer un fin de año: el paliativo universal, para la sed local.
Pero, te pregunto: ¿viste tu decimotercer mes? ¿Y viste el precio de las champañas? ¡La más barata está en 35 dólares!
Pero hay otras alternativas, y no menciono marca alguna: está, primero en la escala alcohólica, el Prosecco. Este es un vinito frívolo elaborado por ahí por Venecia, de una uva epónima, de unos cinco a siete grados de alcohol por volumen (más o menos como la cerveza) que es el deleite natural de un verano italiano. Todos los importadores grandes, y los supermercados de barrios exclusivos, lo tienen, sin importar la marca.
Piensa en él como un coqueteo con una chica díscola (o un chico yam yam), de faldas o inhibiciones cortas… flor de un día, pero matas el caso y ni eructas un mea culpa. Pa’ eso está la tipa que se le tiró encima a B-16 durante la misa de Nochebuena en el Vaticano.
Luego, tienes al vino de aguja catalán, que puede ser blanco o rosado, y no tiene burbuja como quien dice bulurup bulurup, olla hirviente, sino una discreta filita de burbujitas finitas, o sea “rosario” (término técnico de la industria) que suben del fondo hasta arriba.
Se elaboran de muchas cepas y aquí voy a nombrar a mi favorito, que es un cheap and cheerful rosé a base de tempranillo, marca Vallformosa. Con solo decirte que va regio con el tamal de olla de Charlie Collins te lo digo todo.
Seguimos, en la misma zona del Penedès, y tenemos el cava (ojo: El cava es el nombre del vino; la cava, el sitio donde se guarda). Pues el cava se hace más o menos igual que el champán (vamos a escribirlo en buen criollo para contrarrestar la necedad de los champañeros que ni siquiera permiten que al método de elaborar ese estilo de vino burbujeante que perfeccionó el fraile Pierre Perigon, o sea método champenoise o tradicional), pero con otras uvas autóctonas de la región catalana: Xarel-lo, Macabeo y Parellada.
Y finalmente, tenemos a la gran dama: la Champaña. Esta se hace en la denominación de origen del mismo nombre, y (atácate) con tres uvas: dos tintas –Pinot Noir y Pinot Meunier– y una blanca –Chardonnay–.
Y luego hay espumantes de otras regiones: Argentina y California, para nombrar pocos, hacen esfuerzos muy válidos, y accesibles a cualquier presupuesto.
