Sé que a los habitantes de las montañas les importa un roscón el aire acondicionado. La mayoría nunca ha visto uno de esos aparatos capaces de crear frío en un desierto, y millones de habitantes. Sospecho que si uno les explica que cierto equipo toma el aire y lo enfría, pensarán que les están tomando el pelo. En los Andes el problema no es hacer más frío el aire sino calentarlo o evitarlo. Nací en Bogotá, adonde llevar bichos de estos sería como enviar bultos de arena a Egipto.
Es posible, sin embargo, que el aire acondicionado sea uno de los más importantes aportes hechos por la tecnología a la salud, la productividad y la comodidad. Hace un tiempo se celebró el centenario del aparato y sólo merced a él puedo escribir estos renglones bajo el calor estival del Caribe, que miro desde un cuarto fresquito.
Fue inventor de la celestial máquina el ingeniero Willis Carrier, que recibió en 1902 el encargo de diseñar un ventilador de especial potencia para un taller de impresión neyorquino, donde el verano derretía los tipos de imprenta, que eran de plomo, y también a los tipos que manipulaban los tipos, que eran de carne y hueso.
Carrier ideó un ingenio que expulsaba gloriosos chorros de aire frío. El sistema operaba mediante ciertos líquidos y motores que no entro a explicarles porque necesitaría tiza y pizarrón. Carrier lo llamó “Aparato para el tratamiento del aire”.
El aparato de Carrier se extendió pronto. Ya no sólo lo instalaban en talleres y fábricas, sino también en residencias y salones. El primer teatro que acondicionó su platea triplicó taquillas, pues la gente pagaba por refugiarse dos horas en el ambiente frío sin reparar en la película proyectada.
Para entender la magnitud del invento hay que pasar revista a los sistemas que durante milenios empleó el hombre para hurtarle el cuerpo al calor. Los esclavos nubios abanaban faraones con enormes paipais de palmera; los abanicos con que las damas de corte al mismo tiempo se aliviaban el reverbero del pecho y atraían los masculinos ojos hacia tan gozoso lugar; las velas de lona que, mediante complicado artilugio de cuerdas y palos, arrojaban brisa sobre los agobiados ciudadanos; la máquina inventada en 1851 en un hospital de enfermos de malaria en la Florida, que filtraba corrientes de aire a través de paneles de hielo.
Algunos de estos recursos producían alivio, pero ninguno permitía trabajar, estudiar o dormir bajo un clima estable de 23 grados. El aparato de aire acondicionado, sí. Gracias a él fue posible trabajar en la India o el África, para no mencionar a Barranquilla o La Habana. El rendimiento aumentó, y mejoraron las condiciones de los enfermos y las comodidades de casas y edificios colectivos. Panamá lo sabe. Panamá es, básicamente, aire acondicionado y bancos.
Preguntaron a Richard Nathan, director del Instituto Rockefeller, cuál es la novedad que más influyó en Estados Unidos en el último siglo. Y él respondió: “El movimiento de derechos civiles y el aire acondicionado, en términos iguales”.
Cualquier diría aquí que el computador es un invento más importante, pero sin el aire acondicionado, no podría utilizar computadores, pues el calor convertiría los chips en lo que describió Luis de Góngora y Argote: “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada…”.
