Tono frío, tema caliente

Intrigante la percepción de los colores entre diversas culturas. Para los estadounidenses, Obama es negro. Cualquiera que tenga una octava parte de sangre africana (lo que tiene su término, octoroon) es negro. Durante la campaña presidencial de EU, nadie se atrevió a usar la palabra N, pero ahora es moneda de extensa circulación. Para nosotros, negro es alguien oscuro, “color teléfono”, “la abuela africana / de cadena chata / y pelo cuscús”. Y me caerá encima el mismo señor que igualó el uso de “chombito” por Bobby Eisenmann en el artículo de opinión publicado en este diario, con el equivalente de llamar a alguien “judío de ...” [sic]. Aquí, todos somos de matices de sepia, marrón, ocre, oliva y café, como el caso de la tez de don Bobby, quien, si lees la nota del 14 de noviembre, alaba a Obama con galante mesura.

Los matices permean no solo nuestro discurso sino la percepción del mundo. Ese color que en inglés se conoce como brown, varía de país en país: marrón, chocolate, castaño, pardo. Tengo entendido que en la lengua de los inuit (hoy llamarlos esquimales es políticamente incorrecto) existen diferentes términos para los distintos tonos de blanco de la nieve. Y en África, muchos dialectos no diferencian entre el azul y el negro. Cada pueblo reconoce tonos de verde que deriva de su flora y frutos.

De acuerdo a un estudio publicado en 1969 por Brent Berlin y Paul Kay llamado “Terminología básica de los colores: su universalidad y evolución”, un punto clave en la evolución de la terminología cromática es el momento en que se comienza a diferenciar el azul del verde. Lo que para nosotros es un fruto “verde”, no en el sentido de una manzana Granny Smith, que es de un bello tono verde claro, jamás pálido, sino en el sentido de algo que aún no está maduro, para los japoneses –y presumo que para los chinos de los que obtuvieron los kanji o ideogramas que usan en su escritura—no es “verde” (midori) sino “azul” (ao). El término midori apareció hace un milenio durante el período Heian, y se consideraba una tonalidad ao. El midori no se separó del ao hasta después de la Segunda Guerra Mundial, pero aún prima el ao en las “luces verdes” de los semáforos y la juventud de un mozalbete.

Tanto los colores como nuestra percepción de ellos, evolucionan, adquieren asociaciones y connotaciones: los azules y verdes son considerados tonos fríos, y los rojos y naranjas, calientes. El rojo, sinónimo de pasión, terminó identificado con el comunismo; durante los comicios estadounidenses, el país se divide en estados azules y estados rojos; y este mes de noviembre marcó el trigésimo aniversario de la matanza de Jonestown, donde 918 personas, entre ellos 274 niños, murieron de “suicidio masivo” mediante una dosis letal de Kool Aid, y nadie olvida que era morado. Luego salieron a la luz unos vídeos de personas que lograron escapar, y con ellos, la verdad. Quienes se negaron a beber fueron acribillados. El hijo de azul y el rojo se asocia con la realeza, nobleza, imperialismo y penitencia. Macabro, el humor de Jim Jones.

Ah, el azul. Color del cielo, símbolo de aguas cristalinas. De pequeña, las monjas siempre me amonestaban porque pintaba de verde el mar, en vez de azul. Mi padre lo pintaba verde: para mí también lo era. No más mira bien nuestra bahía en un día nublado, a turnos verde-gris. Luego descubrí el Caribe de agua resplandeciente, y el Mediterráneo de azul brillante, y el Atlántico Norte de gris invernal. Y más recientemente, al río Caldera de un mortífero tono cappucino. Y en esta era de concienciación ambiental, donde todos tratamos de “ser” o “pensar” en verde, es necesario también pensar en azul. Son sinónimos en cuanto a pureza, juventud y vitalidad.

En Quantum, la más reciente entrega de 007, el villano no busca oro negro, sino diamantes azules: agua. Y la principal enemiga del agua es la codicia humana: de arrancarle las tripas a la tierra en busca de petróleo, minerales, diamantes… durante la más reciente crisis energética, hasta T. Boone Pickens, el petrolero multimillonario, consideró comprar un campo de molinos de viento. Apenas bajó el precio del crudo, descartó el quijotesco proyecto. ¿Y qué del agua? Porque no solo estamos decimando a los habitantes de los océanos y ríos, sino que contaminamos los mismos como producto de nuestras actividades comerciales e industriales. En un futuro, no habrá ni siquiera agua para disolver el Kool Aid, y cambiarán nuestras percepciones cromáticas. No será necesario discernir, como las antedichas tribus africanas, entre azul y negro, al menos cuando de H2O se trate: todas las aguas, amigo, serán negras.


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