¿Quién será el asesino?

El último asesino presunto del libro es un aparato manual que lee largos textos electrónicos: el Kindle de Amazon. Antes lo habían amenazado de muerte el teatro, el cine, el disco, la radio, la televisión, internet y el iPod. Una de las diversiones seculares de la humanidad es adivinar de dónde saldrá el invento que acabe con el libro. No han faltado profetas a este crimen anunciado, entre los que se destacan Marshall McLuhan y Bill Gates.

Señoras y señores, levanten ustedes la vista, si son tan amables, y no tardarán mucho en detectar la presencia discreta y fiel de un libro. Vivito y coleando. Son muchos siglos de veteranía como para perder los nervios con el primer susto. Hace 5 mil años ya se empleaban los rollos de papiro, padres del libro; hace 3 mil circulaban libros en China; hace 2 mil 316 un emperador, Shih Huang Ti, había ordenado quemarlos; hace 2 mil 300 años existía en Alejandría una legendaria biblioteca; hace 2 mil 100 se escribía libros en pergamino; hace mil 600 circulaban en el formato actual; hace 550 habían empezado a imprimirse. Hace nueve surgió otra amenaza contra el libro: su versión “-e”, la electrónica. Internet abrió la posibilidad de enviar libros de pantalla a pantalla, y esta opción adquirió pronto dimensiones comerciales. O, al menos, eso pensaba Stephen King, cuando lanzó la versión cibernética de su relato Cabalgando la bala. Medio millón de internautas la descargaron en sus computadores y dejaron 450 mil dólares en los bolsillos del autor.

A la sombra del éxito de esta primera experiencia muchos volvieron a entonar, por enésima vez, los responsos del libro de papel. Alcanzó a regarse cierta preocupación entre los editores tradicionales y alegría entre los dueños de la red. El más entusiasta era King. De modo que al poco tiempo se lanzó al agua con una novela gorda, La planta. Los ojos se le pusieron cuadrados con los cálculos de utilidades. Sin embargo, lo que los forofos de internet habían comprado unos meses atrás no era una obra literaria sino un precedente: ser uno de los propietarios del primer libro electrónico de la historia. El primer capítulo de La planta atrajo menos de 40 mil clientes. Y los siguientes produjeron una deserción aún mayor. A mediados de diciembre de 2000 era tan evidente el fracaso que King canceló su novela-e y la sacó impresa, como lo hacía hace 550 años Papá Gutenberg.

Alfaguara probó las aguas cibernéticas hispanoparlantes con El oro del rey, la última novela de aventuras de Arturo Pérez-Reverte. Al principio, gran alboroto. Y después silencio. Traigo a la memoria estos episodios porque, con la aparición del libro electrónico –el famoso Kindle Reading Device—, hay quienes vuelven a firmar la sentencia de muerte del viejo formato impreso.

Pero estoy seguro de que no le hará daño. ¿Y saben por qué? Porque los recursos electrónicos son invaluables para documentos cortos y rápidos, para transmitir imágenes en segundos y para buscar palabras, datos, referencias. Pero el libro sigue siendo un invento imbatible. El mexicano Gabriel Zaid ofreció seis razones en el ensayo Los demasiados libros: 1) El libro puede ser hojeado. 2) El lector marca el paso al libro, no al revés. 3) Es portátil. 4) No requiere cita previa. 5) Es barato. 6) Permite variedad de títulos para variedad de gustos.

Hay una séptima: cuando se reúnen muchos libros juntos, surge el más acogedor paisaje que puede contemplar el hombre bajo techo: una biblioteca. Cuando tenemos muchos impulsos electrónicos juntos, no hay más que un fantasma llamado memoria que se encueva en un computador a la espera del próximo virus que lo destruya.


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