¡Cómo hemos avanzado!

Vivimos tiempos de optimismo y no voy ser yo el que rompa el encanto de tan dulce ilusión. Quisiera hacer un aporte al esfuerzo colectivo por creer más y creer mejor y, a fin de demostrarlo, propongo comparar la situación en que hoy vive América Latina y la situación en que vivía antes.

Han mejorado las carreteras, el alumbrado público, las telecomunicaciones, los parques, los supermercados... Las mujeres son ahora más bonitas y comienzan a ser bonitas desde más temprano, aunque creo saberlo: es que a los 15 años ya se comportan con coquetería.

Lo malo es que cuando uno repasa las cifras de actos violentos y corrupción el optimismo se arruga. Sin embargo, repasando viejos libros he descubierto una fórmula para sacudirnos esa invitación a la depresión que constituyen aquellas estadísticas. La fórmula es sencilla; consiste en reconocer que la situación es mala, pero que hace un tiempo era mucho peor. Ahora nadie se come a su adversario, cosa que sí ocurría hace cuatro siglos en estas mismas tierras.

El ejercicio de comparaciones alentadoras me ha llevado a explorar libros españoles sobre canibalismo y he encontrado tantos que pienso si no era incluso una idea interesante la de reforzar la dosis de proteínas almorzándose al prójimo.

En materia de antropofagia pocas regiones de América están libres de pecado. Devoraron a sus vecinos los primitivos panameños y colombianos. No hay huellas de la famosa hospitalidad de los habitantes del istmo ni de la proverbial buena educación de los bogotanos.

Hacia 1550, cuando los conquistadores empezaron a asentarse en el interior del continente, algunas comunidades indígenas de la región del Cauca –sur de Colombia— se defendían de los intrusos negándose a sembrar maíz y papa porque los europeos los despojaban de sus cosechas para alimentarse. Esta estrategia parecía suicida, pues, si bien no había comida para los españoles, tampoco quedaba para los indígenas. Pero el truco era que los aborígenes, sabedores de que a los blancos les repugnaba la carne humana, optaron por comerse sus muertos y así nutrirse.

Don Juan de Vadillo era un inquieto conquistador que anduvo por buena parte de Colombia. Él fue el primero en entrar al sitio donde hoy se compone a toda hora música vallenata. En una de sus andanzas, el cacique de una tribu que lo recibió le ofreció lo mejor que podía regalársele a un forastero: una maloca donde lo esperaban cuatro hermosas mujeres. Una hacía las veces de almohada y dos fungían de colchón para que durmiera el invitado. Dice la crónica que Vadillo preguntó al cacique por la cuarta mujer, que el indígena traía de la mano: era para comerla. Vadillo agradeció mucho la atención, pero se declaró inapetente.

También don Sebastián de Belalcázar, fundador de Cali y Quito, conoció historias de antropofagia, pues era buen amigo de los indios pozos, cuyos gustos gastronómicos resultaban algo extravagantes. Según Cieza de León, daban muerte a algunas doncellas y procedían a beberse la sangre y comerse sin asar el corazón y las entrañas. Perdonen la crudeza, pero conviene recordar de lo que venimos para entender que hemos mejorado.


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