María Mercedes de Corró mcorro@prensa.comMe habría gustado sentarme frente a Fernando Parrado y buscar en su mirada las huellas del drama que vivió hace 30 años. Pero a Parrado no lo he visto nunca; y la imagen que tengo de él es la de un hombre barbudo, en sus veintes (la edad que tenía cuando el accidente), arropado con mantas y abrigos, que camina en medio de un paisaje desolador, sus piernas agotadas entrando y saliendo de la nieve...
El accidente
Era jueves, 12 de octubre. Atrás habían quedado las prácticas. Los integrantes del equipo de rugby al que pertenecía Fernando Parrado se encontraban abordo del Fairchild 227 de la Fuerza Aérea Uruguaya con destino a Santiago, donde disputarían un partido. El ánimo de los 40 pasajeros, entre los que se encontraban la madre y la hermana de Nando, estaba exaltado. Habían fletado el avión para ahorrar costos, y así garantizar la oportunidad de hacer el viaje.
El avión despegó del aeropuerto de Carrasco, Uruguay, a las 8:05 am. Al cabo de 3 horas de vuelo, las condiciones climáticas se complicaron. Y a las 11:30 am, el piloto se vio obligado a aterrizar en Mendoza, Argentina. Al día siguiente atravesarían la cordillera de Los Andes.
Salieron de Mendoza el viernes 13, a las 2:18 p.m. El copiloto, al comando, estaba consciente de que el avión no podía sobrevolar los cerros, sino que tendría que atravesar entre picos. El ambiente estaba tenso en la cabina. Nubes blancas bloqueaban por momentos la visibilidad; y en más de una ocasión el avión había descendido bruscamente por causa de unas bolsas de aire. De pronto, un pasajero vio la montaña a través de la ventanilla. El impacto lo sorprendió rezando.
Han pasado 30 años; si el accidente se debió o no a un mal cálculo del piloto, es irrelevante. La aeronave se estrelló contra uno de los cerros. La cola, las alas y el resto del fuselaje quedaron cada uno por su lado, en un valle de nieve y piedra. Doce personas murieron.
Parrado estaba entre los otros 32, pero estuvo inconsciente durante las primeras horas. Al reaccionar, le han de haber dolido el cuerpo y el alma. Su madre estaba entre los que habían perdido la vida.
Días después, también su hermana moriría. Para entonces, los sobrevivientes se habían organizado: unos habilitaban el avión-vivienda, secando las mantas al sol; otros derretían nieve para beber agua; mientras, los estudiantes de medicina cuidaban a los heridos.
Fue uno de ellos, Roberto Canessa, quien aproximadamente diez días después del accidente sugirió alimentarse con los cuerpos sin vida de los compañeros. El frío, el hambre y la desesperación arreciaban. Y, a través de una radio portátil, se habían enterado de que la búsqueda había sido suspendida.
La iniciativa de Canessa les dio una tregua; pero la naturaleza no se condolió. El 29 de octubre, a las 6:00 p.m., los muchachos se habían alimentado, rezado y resguardado dentro del cascarón. De pronto, una avalancha que descendió por la montaña irrumpió en el Fairchild. Ocho personas murieron sepultadas. La tormenta duró dos días. El primero de noviembre, los supervivientes salieron de la nave por primera vez.
El tiempo siguió pasando; el dolor, el hambre, la angustia y la desesperanza arremetían contra sus ganas de vivir. Pero llegó diciembre, y con él, la esperanza de la primavera austral.
Diecisiete personas permanecían vivas cuando el día 11, Canessa, Parrado y Vizintin salieron en una expedición -no era la primera-, pensando que estaban cerca de los valles de Chile y podrían llegar hasta allá.
En el camino, encuentran la cola del avión; recuperan abrigos, dulces, algo de ron, y un material de aislamiento que les sirve como bolsa de dormir; intentan echar a andar la radio y no lo logran. Siguen caminando y Parrado llega a una cima. Allá arriba, descubre que no están cerca de los valles sino en medio de un vasto escenario de picos nevados. Entonces decide morir caminando hacia el oeste, hacia el sol... antes que congelarse en la cima.
Con Canessa, acuerdan que Vizintin regrese al avión; mientras ellos siguen avanzando.
El 18 de diciembre ven, por primera vez, señales de primavera. Y 2 días más tarde, Canessa reconoce a un hombre a caballo al otro lado de un río. Parrado le grita; y el arriero le responde: "mañana".
Lo que sigue es historia: Parrado escribe una nota, la ata a una piedra y la lanza al arriero. Este va por ayuda, y el día 21 aparecen los rescatistas. Parrado los guía al lugar del accidente. En el camino, desde el helicóptero, estos no dan crédito a lo que ven.
Ese día, logran rescatar a un primer grupo, mientras el resto pasa una noche más en la montaña.
El 23 de diciembre, todos son trasladados a Santiago de Chile, unos al hospital, otros al Sheraton. Ninguno imaginaba que los esperaba otra avalancha: la de periodistas ávidos de captar los relatos de la aventura más dramática jamás narrada.
La mayoría se anima a dar declaraciones, pero hay un tema del que no se habla. Por su parte, los rescatistas vieron algo y la información se filtra a la prensa. El Mercurio de Chile es el primero en mencionar la palabra antropofagia.
El 28 de diciembre, los muchachos llaman a una conferencia de prensa en el Colegio Stella Maris, en Montevideo. Uno de ellos habla de las condiciones extremas a las que estuvieron sometidos esos 72 días en la montaña. Y de cómo se habían alimentado con los cuerpos sin vida de sus amigos. Al terminar, el auditorio se ahogó en un gran silencio. Nadie los censuró. Los periodistas no hicieron preguntas.
Sin embargo, el escrutinio vino con el tiempo. Más de diez libros y al menos 2 películas se alimentaron de este drama de la vida real.
