Guerra absurda, guerra atroz. Aunque todos lo sabemos, hay gobiernos que las financian y lucran con ella, y otros la ponen en práctica, incluso poniendo en riesgo a sus propios ciudadanos, a los que supuestamente defienden.
Por más que la guerra sea muerte, luto y dolor, hay hombres que solo están felices cuando están en el fragor de un combate.
De eso trata Zona de miedo (The Hurt Locker), de la directora Kathryn Bigelow, película que debe ganar hoy domingo, por lo menos, dos de los nueve premios que aspira al Oscar.
Es un drama realista que casi no tiene carga ideológica. No te ofrece sermones sobre si es correcto que Estados Unidos haya invadido Afganistán o Irak.
Solo te muestra a un grupo de soldados especializados en desactivar aparatos explosivos, en medio de una población civil que tiene sentimientos encontrados cuando ven a extranjeros armados y dándoles órdenes por las calles de su país.
Es la locura de la guerra en los ojos de William James, un hombre casado y con un hijo, que es incapaz de escoger el cereal adecuado en el supermercado cuando está en su casa de EU, pero que en Irak ha logrado desactivar 873 bombas.
Es más, casi no hay bombas detonadas en The Hurt Locker, prácticamente no hay fallecidos a causa de ese acto miserable que es sembrar en la tierra una bomba, pero la carga dramática y la tensión que logra Kathryn Bigelow penetra y asfixia el alma del espectador.
Si bien hubo la posibilidad de contratar por salarios especiales a estrellas como Colin Farrell, Willem Dafoe y Charlize Theron, Bigelow prefirió darle pequeños papeles a Guy Pearce, Ralph Fiennes y David Morse, y dejó los personajes centrales a cargo de tres nombres desconocidos para Hollywood: Jeremy Renner, Anthony Mackie y Brian Geraghty.
El uso de cámara en mano y gracias a una edición electrizante, The Hurt Locker parece más un documental sobre la guerra que un producto de ficción.
The Hurt Locker entra así al reducido círculo de las mejores películas bélicas, y aunque no supera a Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola y Paths of Glory (1957), de Stanley Kubrick, no está del todo lejos de ambos títulos clásicos.
Cuando fui a verla, unas 15 personas se fueron de la sala para no volver. Buena señal para un drama que no le interesa darle concesiones a una audiencia entrenada a ver la guerra como si fuera un parque de diversiones.

