Sobre lobos expiatorios

¿Quién teme al lobo feroz? Así preguntaban los campesinos medievales, y también los tres cerditos que se enfrentaron a él en uno de los cuentos infantiles donde el lobo es el villano de la historia. Recuerden al lobo de Caperucita, que devoró a la niña y consumió a la abuelita como aperitivo. Y recuerden al lobo del bosque, que realiza un strip-tease al revés mientras los niños cantan en coro: “¿Lobo estás?” Al final, el lobo sí está y salta, vestido y dispuesto a almozarse a sus pueriles víctimas. La antología lupina nos obliga a incluir la conocida fábula del pastorcito mentiroso.

En uno de sus poemas, Rubén Darío relata la leyenda del lobo de Gubbio, que “ha asolado los alrededores /y cruel ha deshecho todos los rebaños; devoró corderos, devoró pastores, / y son incontables sus muertes y daños”.

Este lobo de Gubbio recibe un día la visita de Francisco de Asís, y, en vez de arremeter contra él, le tiende la pata y lo saluda. Luego le cuenta su triste currículum vítae, según el cual era un lobo bueno, obedecía todas las normas y respetaba a los hombres, hasta que un día, sin razón alguna, los humanos lo agarraron a palos y lo expulsaron al bosque. Ahí se volvió lobo malo, y ahora le pide al santo: “Déjame en el monte, déjame en el risco, / déjame existir en mi libertad; / vete a tu convento, hermano Francisco, / sigue tu camino y tu santidad”.

En este episodio el hombre no fue lobo para el hombre, como temía Hobbes, sino que fue hombre para el hombre, que es mucho peor que lobo. Y, hablando de lobo y hombre, nada más temible que la mezcla de ambos. El hombre-lobo constituye una pesadilla secular que acosa el subconsciente de la humanidad. Leemos noticias sobre un licántropo que aparece en determinada región del mundo, y más de una vez yo mismo he temido que, llegada la medianoche, me crezcan pelos en brazos y cara, se me achate la nariz y se me afilen los dientes.

Reconozcamos que el lobo se encargó de forjar la mala imagen que lo acompaña. Las crónicas parisinas del siglo XV narran que la ciudad luz era víctima de lobos que salían del campo, desolado tras la Guerra de los Cien Años, a buscar comida en sus calles. Un par de siglos después, seguían haciendo de las suyas. En 1693, el señor de Mirosmeil escribía a Luis XIV que en tres meses estas fieras habían degollado a 70 personas, y le pedía ayuda para protección.

Pocos lobos más terribles que el de una historia ocurrida en el siglo XVIII en las montañas francesas, y recreada en la película El pacto de los lobos. Esta criatura diezmó los rebaños de la región de Yevodán, y atrajo cazadores de muchos puntos de Europa que mataron a miles de lobos, pero no al lobo que era. Se decía que este tenía características antropomórficas, y se habló de engendros demoniacos y cosas así. Después de que sembrara el terror durante tres años, un campesino logró abatirlo de un escopetazo. La alimaña pesó 55 kilos y fue enviada al científico George Louis Leclerc, conde de Buffon, para que examinaran el cadáver. Mas el fiambre se pudrió en el camino y el sabio se negó a tocar la masa informe y nauseabunda que depositaron en su puerta.


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