La otra noche, mientras buscaba en la televisión un documental sobre Aristóteles, tropecé con uno de esos programas vulgares en que salen muchachas casi desnudas y un experto analiza cómo han logrado moldear sus curvas. Es increíble que un invento tan maravilloso esté al servicio de esta clase de vacuidades. En fin, no llevaba ni una hora torturándome frente a la pantalla cuando el experto señaló, a tiempo que exhibía la parte posterior de la tanga de una de las señoritas:
-Esta es una nalga trabajada. Ante frase tan sugestiva no pude menos que aplazar a Aristóteles y recordar las tareas que nos ponía un riguroso catedrático de derecho internacional.
-Esta es una monografía trabajada –decía de alguna, máximo de dos-. En cambio, estas otras –y mostraba 40 ó 50 más– fueron hechas de cualquier manera.
Gracias a las bases doctrinarias de mi querido profesor y de la aplicación de estos principios académicos a la materia prima de los programas de televisión que vengo mentando, he podido saber que, igual que las monografías, hay nalgas trabajadas y nalgas hechas de cualquier manera. Las que vi esa noche eran trabajadas.
¿Cómo puede ser trabajada una nalga? Hay que aceptar que existe un arte dedicado a hacer de nalgas, esculturas. Conviene realizar ejercicios, consumir dietas, aplicar cremas y adoptar determinadas posiciones al sentarse y caminar. Como resultado de la tarea, la nalga saltará a la vista y al tacto, y la otra, la nalga hecha de cualquier manera, denunciará su gelatinoso abandono.
Mis investigaciones me llevaron a un examen histórico de estas partes del cuerpo a través de los siglos. Descubrí que los antiguos no trabajaban bien las nalgas. En la obra de Miguel Ángel queda claro que, con excepción del David de mármol, abundan las posaderas hechas de cualquier modo. Poco trabajado parece el par de nalgas del Padre Eterno en la Capilla Sixtina. Y ni hablar de las que pintaba Rubens, cuyos dueños no supieron nunca lo que era la gimnasia.
Algunos artistas se fueron al extremo opuesto de Rubens, como El Greco, que pintó cuerpos alargados y esbeltos, cuyas nalgas correspondían a esa misma estética: flacuchentas. En cuanto a Fernando Botero, uno podría pensar, por los volúmenes de las nalgas de sus óleos, que en clase de derecho internacional habrían sido gruesas tesis de grado y no simples monografías. Pero tampoco: las nalgas boterianas son rotundas, pero no trabajadas.
Una nalga trabajadora es la que ha pasado muchos años sirviendo de apoyo a labores sedentarias, como las de un oficinista o una costurera. Se trata de nalgas meritorias, pero en ningún caso trabajadas. Existen también las nalgas esquivas y remilgadas, que se niegan a la caricia fácil. Recelosas, sí. Pero no trabajadas. Todo lo anterior plantea, ¿una nalga trabajada termina convirtiéndose en trabajosa?, ¿una nalga trabajadora podrá llegar a ser una nalga trabajada?, ¿es posible que una misma persona tenga una nalga trabajosa y otra trabajadora?, ¿cuánto trabajo necesita una nalga hecha de cualquier manera para volverse trabajada? No tengo respuestas. Sé que podré hallarlas en la obra de Aristóteles, pero eso será después. Por ahora investigo el tema en programas irrelevantes.