Jorge De Las Casas jdelascasas@prensa.com El texto bíblico de Josué, dice que cuando este envió espías a la ciudad de Jericó fueron recibidos por una prostituta llamada Rahab, la cual los hospedó y los escondió, y les facilitó el asalto a la ciudad.
Desde el punto de vista de una historia local, Rahab hubiera sido una traidora; desde el ángulo bíblico ella fue la colabo-radora en los planes de Dios.
No solamente para un judío, sino para un cristiano que cree que Dios actúa en la historia, y en efecto le cedió Canaán a los hijos de Israel, la función de Rahab fue providencial. Y por su generosidad, y su reconocimien-to de Yavé como Dios legítimo, y por acoger la Revelación al pueblo hebreo como verdadera, mereció -según la tradición cristiana- contarse entre los antepasados de Jesucristo.
En este sentido hasta sus acciones de dudosa moralidad (su prostitución) quedarían perdonadas por haber servido fines superiores.
Por todo ello, vale recordar que, para el Cristianismo, Dios es Señor de la historia, y como tal, puede reivindicar personajes que el mundo verá como oscuros, secundarios, o abiertamente despreciaría. Pero, incluso, bajo una noción providencialista de la historia, ni las acciones buenas o malas de los hombres, ni los personajes más aviesos, pueden escapar de su plan general sobre el Universo.
Hombres buenos como Juan XXIII, o terribles como Hitler o Idi Amín, si bien son responsables de su propia bondad o maldad ponen de manifiesto en el mundo, según esta concepción, los planes de Dios, el esfuerzo de los hombres por alcanzar metas o valores superiores que se logran con esfuerzo y lucha: el valor de la liber-tad, la tolerancia, el respeto, el sacrificio, el amor, actuando con estos personajes o contra ellos, en una forma que deja hondas lecciones espirituales.
