Tariq Aziz, el viceprimer ministro, vivió aquí antes de que desapareciera, al igual que los dos hijos de Sadam Husein, Uday y Qusay. Abid Hamid Mahmoud, el secretario privado de Sadam, era dueño de una hermosa hacienda de tres pisos en este barrio. La primera esposa de Sadam, Sagida, tenía una elegante casa para sus épocas de descanso, construida en el centro de un jardín de palmeras y con habitaciones que lucían enormes candelabros.
Naturalmente, estas casas han atraído a saqueadores que se han llevado innumerables artículos, desde invaluables armarios del siglo XVII hasta sacos llenos de arroz. Pero las mansiones también han atraído a los pobres de la ciudad, muchos de los cuales llegan cada día no para robar, sino para contemplar, impresionados, las riquezas de la colina.
Haidar Arubay, por ejemplo, ha ido cinco veces a la mansión de Mahmoud en los últimos tres días. Dice que es solo un mirón, no un saqueador. De hecho, lo único que admite haber tomado para sí es una primera edición de la biografía de Sadam. "Quería leer acerca de su miserable vida", explica.
El domingo en la tarde, Arubay, de 20 años, y un grupo de amigos recorrían de nuevo, con la mirada azorada, la saqueada villa, pasando la mano por la balaustrada cubierta de una placa delgada de oro, y contemplando, a través de las ventanas destrozadas, las canchas de tenis sin red y los muelles vacíos donde antes habían hidromotos para divertir a los invitados.
"No puedo evitarlo", dice, un poco sin aliento. "Sigo regresando aquí. Durante tanto tiempo he estado viendo este lugar desde afuera que mis ojos no pueden cansarse de ver".
La tierra en la que se alza la mansión perteneció en un tiempo a la familia Hassani, amigos y vecinos de Arubay. En 1990, el patriarca de la familia, Naji Hassani, fue despojado de los 10 acres que eran suyos cuando Mahmoud confiscó la tierra.
"Todo esto era mío", dice el nieto de Hassani, Alí, quien estaba allí con sus amigos, contemplando los terrenos húmedos y llenos de pasto que bajan hasta la ribera del río Tigris.
Después de caminar por el piso de la casa de Mahmoud durante unos minutos, quitando la basura a puntapiés -un libro sobre los jardines de Francia, botellas vacías de whisky escocés- los jóvenes tomaron el camino rumbo a su siguiente destino: el Club Zawaraq, un lugar de reunión para los ricos y poderosos donde el círculo de amistades de Sadam bebía vinos importados de las mejores cosechas y fumaba puros.
Muhammad Kamel, de 23 años, se detuvo con sus amigos afuera de los portones de hierro.
"Ellos nos hubieran acribillado a balazos si nos hubieran visto contemplando este lugar", dice. Con cuidado, abrió la verja. "En toda mi vida", añadió, "nunca imaginé que podría hacer esto".
En el interior del club, un grupo de hombres estaba apoderándose de todas las partes metálicas del sistema de electricidad en el primer piso. Más tarde nos enteramos de que todos ellos eran los encargados del mantenimiento del club.
Viéndolos, Kamel confesó que él se había robado una computadora de la casa de Mahmoud hace unos días, pero que se sintió tan culpable que la dejó en la mezquita. Caminó hacia la barra del club y levantó una botella vacía de champaña Pol Roger y la examinó. Hizo lo mismo con otra botella vacía de Chateau Mouton-Rothschild, cosecha 1979.
"Cada viernes en la noche, yo oía que celebraban fiestas alocadas en las que tomaban parte 600 chicas", dijo, moviendo la cabeza con incredulidad. "Yo tengo una chica, ¿y ellos tenían 600? ¿Cómo es posible eso?".
Arubay, que lo escuchaba, terció en la plática: "Viagra", dijo.
Se acercaba ya la hora del almuerzo y Kamel dijo a sus amigos que iba a ir a su casa. Quizá se podrían reunir el lunes para ir a ver más casas de los poderosos, dijo. El trabaja en una fábrica de piel, haciendo calzado y bolsos para mujer, aunque por supuesto no hay trabajo para nadie en estos días.
Su casa está a menos de un kilómetro y medio de la opulencia de la calle Sadeh, en un largo y estrecho callejón llamado calle Wasir, donde la ropa lavada cuelga de los techos, y mujeres en cuclillas bajo el umbral de la entrada de su hogar enseñan a las chicas jóvenes a preparar la comida.
La tía de Kamel, Mashet Maktouf, de 50 años, estaba bañando a un chico desnudo con una manguera de jardín. Doce miembros de la familia de Kamel duermen en una sola habitación allí, un recinto que tiene menos de la mitad del espacio del puesto de guardia en las afueras de la mansión de Sagida Husein.
"Nada, no tenemos nada", exclama Maktouf, "y Sadam, él tiene todo". Con la palma de la mano talló la cabeza del chico al que bañaba. "Es un hombre malvado", añadió.
Se le comenta que los estadounidenses tienen un dicho de que "el hogar de un hombre es su castillo". ¿Está de acuerdo con eso?
"Eso es cierto", dice, con una sonrisa coqueta. "Pero no todos los castillos son iguales".
Señaló al techo de lámina corrugada, indicando con sus manos cómo el polvo de Bagdad se filtra por las brechas y grietas y cae en los alimentos de la familia. Lleva a su invitado a la cocina, un espacio no mayor que un armario, repleto de cazos y sartenes.
"Aquí nos bañamos", dice, señalando un espacio con piso de concreto al aire libre. Con orgullo, dice que la familia tiene un refrigerador, pero que es inútil en estos días por falta de electricidad.
"Estamos tan cerca de las riquezas, pero, ¿qué es lo que tenemos?", pregunta su esposo, Abbas, al entrar a la habitación. Tomó a su hijo desnudo y lo arrojó en el aire para recibirlo en sus brazos.
"Los hijos de Sadam tienen dinero, casas y autos", dice. "¿Qué es lo que tiene el mío?".
No hubo respuesta a su pregunta y, durante unos momentos, todo lo que se pudo escuchar en la casa fue el guiso en ebullición.
"No es una vida buena", dice Maktouf, colocando nuevamente a su hijo en el piso. "Ellos se han apoderado de todo".
Se le sugiere que ahora, cuando menos, quizá ya haya esperanza de una vida mejor.
"Si Dios lo quiere", replica.
