In Memorian: El padre Villanueva, más allá del olvido

Cuando escucho al padre Villanueva se abre un cofre de recuerdos que guardo con cierta ternura en mi corazón

In Memorian: El padre Villanueva, más allá del olvido
Padre Javier Villanueva

Carlos Iván Zúñiga Guardia

Hoy, 20 de octubre, se cumplen l0 años de la muerte del padre Javier Villanueva. Era el sacerdote encargado de la Iglesia de Cristo Rey, de la ciudad de Panamá. En ese templo se congregaban los feligreses civilistas y democráticos que luchaban contra la dictadura militar. Iban en pos de la palabra sagrada y cívica del padre Villanueva. Por ese hecho el templo fue profanado en diversas ocasiones y en una de ellas manos criminales dispararon al recinto. Al caer la dictadura, algunos meses antes del deceso de tan ilustre sacerdote, escribí el artículo que hoy reproduzco. Manos amigas lo enmarcaron y lo obsequiaron al padre. El día de su sepelio, sus hermanos venidos de España traían el escrito y con emoción preguntaban por el autor. Como este país es tan dado a sufrir los rigores de la amnesia y como soy de los que siempre han dicho y repetido que nunca debemos dejar que mueran en el olvido los muertos ilustres de la patria, hoy reproduzco mis palabras que entonces intitulé: Cuando escucho al padre Villanueva.

Cuando escucho al padre Villanueva se abre un cofre de recuerdos que guardo con cierta ternura en mi corazón. En ese cofre tengo muchas palabras coleccionadas. Discursos enteros. El metal de voz de algunos oradores, la mímica, la modulación, el manejo de los ojos, todo lo tengo depositado en ese cofre misterioso. Esa colección ya tiene más de medio siglo. Si mal no recuerdo, el primer clasificado fue un sacerdote español, el padre Antonio Rabanal. Yo tendría 12 años y lo escuchaba continuamente. Sus palabras no diría que producían alguna misteriosa ensoñación, pero las seguía, y si hablaba de su España nativa, cuando terminaba yo seguía aún caminando por los empedrados de Navarra. Era un discurso de acentos, de vivencias personales, sermoneador ante la ética malferida; enrojecía, se encolerizaba, bajaba el tono y con suavidad todos entrábamos de su mano al paraíso celestial. Tenía la costumbre de invitar a las novenas marianas de Penonomé a oradores excelentes. Dueño de su púlpito quería lucirse en la oración sagrada. Un día llegó un levita hecho verbo allá por el año de 1938 que me impresionó, no sólo por su prestancia, sino por la galanura de su palabra. Se erguía en el púlpito, tenía gestos que de pronto me parecía que santificaría a todos los feligreses que seguían absortos su discurso. Era el padre Manuel Prada. Lo conocí joven y lo he visto viejo, pero guardo la belleza imperecedera de su verbo, los gestos dinámicos, su voz ligeramente grave de gran orador sacro.

En otra ocasión llegó un cura colombiano. Para entonces yo tenía una admiración increíble por el discurso político, porque la única radio de mi pueblo instalada en la plaza principal trasmitía todos los días algunos debates del Senado de Colombia. Aquel sacerdote nos seducía con su oratoria social. Ya no hablaba del Jesús divino, hijo de Dios, sino del Jesús hijo de carpintero, de la parábola del rico, del ojo de la aguja o de la imposible proeza del camello, y el templo resultaba chico para resistir la extraordinaria potencia de su voz ¡Oh, días aquellos! El padre Rabanal gozaba con el verbo de sus invitados y pasados los días marianos renovaba con ardor su palabra y tomaba prestada, en gesto de perfección, la mímica de sus ilustres invitados.

Otros personajes y palabras guardo en mi cofre. Los oradores forenses. Recuerdo el primero de ellos que escuché con admiración indeleble. Era la palabra lógica, fácil, fluida. Era un torrente de figuras, hilvanadas casuísticamente con el detalle del caso. Era Felipe Juan Escobar ¡didáctico y solemne! No olvido a Demetrio A. Porras, dramático, sociólogo, su palabra la vestía de risas, la vestía de lágrimas y el jurado y el público lloraban con él, reían con él y se aplaudían juntos. ¡Oh, poder de la palabra!

En mis pocas correrías por el mundo dos fabricantes de palabras políticas me impresionaron. Manuel Seoane, aprista, para mí el mejor orador político que escuché alguna vez. Elegante y profundo. Un orador de escasas pausas; desgranador de temas sin ayuda de apuntes. Memoria prodigiosa y verbo consagratorio de todos los conocimientos, sólo comparable con el verbo de la revolución guatemalteca de 1944, Manuel Galich. Es el otro tallador de la grandilocuencia. Lo vi, menudo, crecerse en lance oratorio con Luis I. Rodríguez, embajador mejicano, de los buenos en la palabra, parecían hijos de mayas y aztecas, poseídos por el dios de la lengua en trance de inspiración y gloria en un campo de batalla.

Cuando escucho al padre Javier Villanueva, echo, como se dice, muy atrás la película de mi vida y sus palabras las voy ubicando en el altar de los grandes oradores. Sus gestos y voces los voy comparando con los consagrados en mi archivo de la palabra. Cuando inicia el vuelo magistral de sus parábolas, veo en su rostro la mirada de fuego del padre Rabanal, la sonrisa esquiva y dramática de Porras, el acierto lógico y la vehemencia triunfal de Felipe Juan. Observo el dominio absoluto del templo sometido al ritual del verbo, como lo hacía el padre Prada, y cuando cierra los ojos y aprieta sus labios lineales, sé que viene la palabra explosiva, ingeniosa, sarcástica y lapidaria como sólo suele hacerlo él. Es que el padre Villanueva tiene la gracia divina de causar una especie de embriaguez sin perder la conciencia. No es el milagro de la palabra en relación sutil con Dios, es la gracia que sólo otorga la erudición lo que le permite profundidad y altura, los dos extremos plausibles del talento.

Cuando escucho al padre Villanueva, sus conocimientos de humanista lo hacen respetable. Es que es un hombre de escuela. Sus prédicas nacionalistas se adecuan al sentimiento histórico de nuestro pueblo; su sentido de justicia, como supremo valor del hombre, es lo que lo acerca a una sociedad con sed de paz; su fe en los principios democráticos es lo que ha hecho posible que todos sus feligreses se sientan sujetos participativos del acontecer nacional. Tiene el don de lo certero y no pierde ocasión para ilustrar con pasajes del Evangelio la solución de algún episodio actual. El convencimiento que posee de sus convicciones y creencias es lo que le permite ese indiferente volar de águila ante las piedras y blasfemias de sus enemigos. Tiene grandeza y tiene humildad. Es el auténtico ser espiritual.

Cuando escucho al padre Villanueva, siento que es todo un pueblo el que habla. Ahora, por fin, tengo en mi cofre la voz de mi pueblo.

LAS MÁS LEÍDAS

  • MEF habilitará quioscos para registro del Cepanim y advierte sobre información falsa. Leer más
  • Ordenan detener proyecto en Bella Vista tras detectar descarga ilegal de residuos al Matasnillo. Leer más
  • $17 millones en juego: 10 empresas van tras la renovación de tres zonas en el centro de Panamá. Leer más
  • Esta es la promotora y el proyecto señalados por descargar aguas contaminadas en el río Matasnillo. Leer más
  • Científicos descubren ‘vida en un castillo de cristal’ y docenas de nuevas especies marinas. Leer más
  • Fallece el empresario Roberto Motta Alvarado. Leer más
  • $7 millones bajo la lupa: Mitradel cuestiona a Conusi y Conato por falta de informes sobre uso de fondos públicos. Leer más