Hoy día, 31 de julio de 2002, Su Santidad Juan Pablo II se encuentra en ciudad de México elevando a los altares al indio Juan Diego, quien hace ya casi 471 años, en el mes de diciembre de 1531, tuvo la dicha sin igual de ver y conversar, en tres ocasiones, con la Virgen María, Madre de Dios.
Para los que por convicción profesamos y practicamos la fe católica, este acontecimiento histórico e irrepetible es motivo de profunda reflexión, renovación cristiana y fortalecimiento apostólico; para otros, el entendimiento y reconocimiento del milagro tangible de la estampación, mueve a la conversión; incluso, para los escépticos o no creyentes, aquellos que requieren de pruebas o resultados concretos luego de la aplicación del método científico para creer, tienen un reto en la realidad de milagros como éste o el milagro eucarístico de Lanciano, entre otros.
De las apariciones de la Virgen en el cerro Tepeyac es tanto lo que se ha investigado, dicho y escrito, que no permite el espacio plasmarlo por escrito mediante esta contribución. Resumimos, en forma sucinta, algunos de los resultados irrefutables de pruebas llevadas a cabo por renombrados científicos: El manto o tilma de Juan Diego (donde quedó estampada la imagen de Nuestra Señora), elaborado con fibra de maguey, sigue hoy día intacto después de casi cinco siglos, a pesar de que el tiempo de vida útil de este tipo de vestimenta era de aproximadamente 20 años, y a pesar de una explosión y de las inclemencias del tiempo, polvo, etc. La pintura que dibuja la imagen de la Virgen, no es ni pintura conocida ni está dibujada; simplemente, está demostrado que no es pintura ni vegetal ni mineral ni animal; además, en ningún espacio de aquello hay una micra de pintura sobre la otra, y los colores atraviesan todo el manto; así como ella fue vista por Juan Diego y la imagen vista cuando Juan Diego mostraba dentro del manto las flores milagrosas, en los ojitos de la imagen que según oftalmólogos de prestigio que la han examinado parecen estar vivos se refleja toda la escena del momento, es decir, como en cualquier ojo humano, aparecen reflejadas las figuras humanas presentes, de todas las personas que en ese momento fueron testigos de lo ocurrido, entre éstas el propio Juan Diego y el obispo franciscano Juan de Zumárraga. Increíble, pero cierto y comprobado. El que tenga ojos, que vea; el que tenga inteligencia, que investigue y que la use.
Se trata entonces, a ojos vistas y a cerebro raciocinio, de un fenómeno sobrenatural, inexplicable, que ni a la ciencia de la parapsicología le ha sido posible atribuirlo a las capacidades o facultades extra-normales del ser humano. Para los que sigan asaltados por las dudas, así como el milagro eucarístico de Lanciano está hoy expuesto en la región italiana de los Abruzzos, cerca de Chieti, desde hace ya 12 siglos, así también está presente el milagro de la estampación de la imagen de la Virgen sobre la tilma de Juan Diego, en todo su esplendor, como también al alcance de todos están los resultados irrefutables de las pruebas científicas que se han practicado.
No en balde la Basílica de Guadalupe constituye hoy día el mayor centro de peregrinaje en el mundo, seguido sólo a El Vaticano. La Iglesia católica ha autorizado el culto público a la Virgen en distintas advocaciones, según el lugar donde se ha aparecido a videntes, pero en el caso de las apariciones en el Tepeyac que en aquella época, sin divisiones geopolíticas existentes, representaba el centro del Nuevo Mundo, Nuestra Santísima Madre, Emperatriz de las Américas, además de su importante mensaje quiso dejarnos su imagen. La Virgen, por supuesto, es una sola; Guadalupe, Lourdes, Fátima, del Pilar, del Carmen, de Medjugorie, etc., son como fotos de una misma persona, entre las cuales cada quien tiene su preferida. La mía es la de Guadalupe, producto de una devoción Mariana profunda bajo la advocación de Guadalupe, tanta que mi propio hijo de 11 años tiene por nombre Juan Diego.
Y qué decir del Santo Padre, una persona maravillosa, santa, que con ya más de dos décadas de pontificado realiza en estos momentos su nonagésimo séptimo viaje al exterior el primero a nuestro continente de un Papa en este tercer milenio, llevando a todos los confines de la tierra el mensaje más poderoso de Nuestro Señor, cual es el mensaje del amor, para cristianos y no cristianos, para creyentes y no creyentes. Su agudeza intelectual; su profunda devoción; su inclinación y perseverante actitud ecuménica; su convicción y entereza de carácter para predicar el más puro mensaje de Cristo, y al mismo tiempo pedir perdón por errores cometidos por otros; su intensa predicación y promoción de la paz y la moral cristiana, ante tanta adversidad mundana; todo esto y mucho más, lo convierten en el pastor espiritual por excelencia, un santo en vida y, para mí, en un héroe, a quien guardo el mayor respeto, admiración y sumisión como cabeza y líder que es de la Iglesia Romano-Católica y Apostólica.
El Sumo Pontífice nos ha demostrado una y otra vez que sobre la enfermedad y debilidad manifiesta, puede más la claridad mental y el mensaje del alma, exteriorizado como producto de profundas contemplaciones y trato con Dios, para discernir correctamente, servir de ejemplo y mostrarnos ejemplos a seguir, como el indio Juan Diego, quien luego de su conversión demostró la heroicidad de sus virtudes y murió en ambiente y con aroma de santidad, para nacer en el Reino de los Cielos. Con su fortaleza de espíritu y determinación, el Santo Padre nos sigue asombrando y dejando atónitos, y poco le importa humillarse públicamente mostrando su sufrimiento, pues lo que es para muchos motivo de crítica o duda sobre su capacidad para regir los destinos de la Iglesia, para él seguramente es motivo de conmemoración del sufrimiento y calvario de Nuestro Señor Jesucristo, pero dejando claramente establecido el mensaje de amor, paz y confraternidad a que antes me refería.
En el año que decurre, luego de la canonización en Roma del Santo Padre Pío, ayer en Guatemala la del misionero español San Pedro de San José de Betancourt, y hoy en México la de San Juan Diego, el 6 de octubre próximo Su Santidad Juan Pablo II elevará a los altares a monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Es precisamente la espiritualidad básica que promueve el Opus Dei Prelatura Personal de la Santa Iglesia católica, uno de los caminos de santidad a través de los cuales podremos, si nos lo proponemos de veras, convertirnos sobre todas las cosas en amigos de nuestro Padre, nuestro Creador. Se trata simplemente, sin alardes y con humildad, de llevar una unidad de vida, de mantener en todo momento coherencia sin engañarnos, entre la fe que profesamos y nuestro desempeño y actitud diaria; en el trabajo, en la familia, donde nos encontremos dentro del mundo, opacando la cizaña con mucho trigo fino, superando el mal mediante la siembra en abundancia de bien, y haciendo apostolado efectivo, pero de la manera más fraterna de la que seamos humanamente capaces. Significa saber discernir correctamente pero, más importante aún, actuar consecuentemente, por encima de la soberbia, la envidia, el egoísmo, la ambición desenfrenada, la inmoralidad y los respetos humanos, entre otros muchos defectos mundanos.
Hoy día, más que nunca, podemos y debemos pedir a la Virgen María, mediante la intercesión de San Juan Diego, que derrame sus bendiciones sobre esta tierra que nos vio nacer, y sobre todos los que vio nacer, porque hay tanto que estamos haciendo mal, y en consecuencia tanto lo que tenemos que cambiar. Es tiempo también, como siempre, de agradecer por tantas cosas buenas que Dios nos sigue regalando.
El autor es abogado
