El 11 de octubre de 1968, a las 11:00 de la mañana, tuvo lugar en el Cuartel de Panamá Viejo la ceremonia de jubilación del general Bolívar Vallarino como comandante jefe de la Guardia Nacional, después de casi 30 años de servicio a la institución. Menos de ocho horas más tarde los militares dieron el golpe de Estado que los llevaría al ejercicio del poder público por más de 20 años.
No es coincidencia que tan pronto el general Vallarino dejara el mando de la fuerza pública se produjera en nuestro país el quebrantamiento del orden constitucional. Entre 1952 y 1968, período durante el cual Bolívar Vallarino estuvo al frente de la Guardia Nacional, los gobiernos se sucedieron cada cuatro años sin interrupción. Esos 16 años representan la etapa más larga en que los panameños hemos disfrutado de una verdadera democracia institucional. Y es que el general Vallarino, militar por estudios y profesión, era un hombre profundamente apegado a la civilidad. En una época de nuestra historia republicana en la que, invariablemente, los políticos miraban hacia los cuarteles en busca de apoyo o aprobación, Vallarino insistía en que la fuerza militar debía estar siempre al servicio del poder civil y limitarse a mantener el orden público. Por ello, a pesar de numerosos ofrecimientos, jamás aceptó ser candidato a la Presidencia de la República. Los militares deben permanecer en el cuartel, repetía cada vez que los políticos tocaban a su puerta.
Tiempos difíciles para el país le tocó vivir a Bolívar Vallarino como comandante del único instituto armado. El asesinato del presidente Remón en 1955; las revueltas estudiantiles que dieron como resultado el llamado Pacto de la Colina en 1958; la invasión de los cubanos a Panamá en 1960; los sucesos del 9 de enero de 1964, cuando la actuación de la Guardia Nacional evitó que la tragedia fuera más grande; y el suicidio de la clase política panameña en marzo de 1968, que determinó que un mal día Panamá amaneciera con dos presidentes, uno elegido por el pueblo en 1964 y otro designado por la Asamblea Nacional. A través de todas estas calamidades, el general Vallarino supo conducir a la Guardia Nacional con la prudencia, paciencia y serenidad que las circunstancias exigían, evitando así consecuencias más graves para los panameños.
Si de algo se enorgullecía Lilo Vallarino era de su profundo sentido de amistad. En cada rincón del país contaba con amigos que lo querían por su sencillez, por su simpatía personal, por su afabilidad, por su risa espontánea, alegre y contagiosa. Cuando llegó a la comandancia, ese sentido de la amistad le permitió convertir la institución a la que dedicó sus mejores años, en una verdadera familia donde todos los que en ella laboraban recibían la oportunidad de superarse profesionalmente para el mejor desempeño de su trabajo. Si en algo se mostraba inflexible el general Vallarino, era en la defensa de sus subordinados. Por ello, cuando en 1968 le llegó el momento del retiro, lo único que solicitó al nuevo presidente fue que respetara el escalafón, que era la mejor garantía de imparcialidad de los hombres de uniforme. Fue precisamente el incumplimiento de esa petición lo que finalmente motivaría el golpe de Estado.
A diferencia de lo que tan frecuentemente ocurre con quienes ocupan posiciones importantes en el engranaje estatal, cuando el general Vallarino se retiró de su cargo y dejó de ser el hombre fuerte del país aunque en realidad él nunca lo sintió así, se vio en la necesidad de buscar trabajo en el sector privado, donde laboró hasta que una penosa enfermedad lo doblegó. ¡Qué ejemplo tan digno de imitar hoy que este país, que él amó profundamente, lucha por escapar de las garras de la corrupción!
Los valores morales y las virtudes que hicieron de Bolívar Vallarino un hombre de bien los asimiló de sus padres, Ismael Vallarino y Carlota García de Paredes, para trasladarlos luego al hogar que él formó con Irma Strunz, su esposa de más de 61 años. El matrimonio Vallarino Strunz fue semilla fértil: 27 biznietos y 19 nietos nacidos de sus cinco hijos: Irma casada con Felipe Motta; Bolívar, casado con Lydia Arrocha; Jorge, casado con Chilo Miranda; Iván, casado con Anabella Alemán, y Gretel, mi esposa, quien hace poco precedió a su padre para esperarlo y darle la bienvenida en ese lugar donde cesan todos los dolores.
Desde hace mucho tiempo Panamá tiene una deuda con el general Vallarino, pero no de ésas que se pagan con homenajes ni ceremonias, que él siempre rehuyó. Es una deuda que quedaría saldada si con motivo de su partida los panameños dedicamos un momento a meditar en torno a los valores que permitieron a Lilo Vallarino, después de servir a su patria, retirarse a la vida privada con la tranquilidad de conciencia que solamente otorga el deber cumplido.