Las paradisíacas playas del sur de Asia se transformaron en escenario de muerte y devastación luego de que un terremoto submarino de 9 grados de magnitud, que el domingo 26 de diciembre de 2004 golpeó a la isla indonesia de Sumatra, originó olas gigantes que arrasaron con todo a su paso en seis países de la región (Indonesia, Malasia, Tailandia, India, Sri Lanka, Myanmar) y dos en Africa (Somalia y Tanzania).
Los tsunamis causaron la muerte de al menos 125 mil personas, confirmó el jueves el secretario general de la ONU, Kofi Annan, en conferencia de prensa en Nueva York. Sin embargo, algunas estimaciones llevan esa cifra hasta las 150 mil. Cuando se sepa la cifra total de muertos, es muy posible que se supere la pérdida de 138 mil vidas ocasionadas por un ciclón que azotó a Bangladesh en 1991.
Aunque la pérdida en vidas humanas es tan vasta que la cifra resulta difícil de aprehender, las necesidades de los millones que sobrevivieron son también tan inmensas que requerirá de un esfuerzo global y titánico para aliviarla y evitar que el tsunami siga matando gente mucho después de que se retirara de la costa.
Agencias humanitarias advirtieron que muchas otras personas, desde Indonesia hasta Sri Lanka, podrían morir debido a epidemias si el deterioro de los sistemas de transporte y comunicación obstaculiza lo que podría ser la mayor operación de ayuda en la historia de la humanidad.
Los equipos de rescate aún se esfuerzan por llegar a zonas aisladas que se sabe fueron devastadas por el desastre.
El muro de más de 10 metros de agua rugiente que se abatió sobre los pueblos y ciudades costeras del Océano Indico no solo golpeó a los nativos; miles de turistas, seducidos por las maravillas de estos paraísos tropicales, también se vieron atrapados en el infierno. Según las autoridades tailandesas, el tsunami cobró la vida de al menos 2 mil extranjeros en Tailandia, en su mayoría en el derruido centro turístico de Kao Lak.
En algunos poblados de India, Indonesia y Tailandia hay tantos cuerpos descomponiéndose bajo el sol tropical que las autoridades empezaron a enterrar a los muertos sin identificarlos, para evitar que se desaten epidemias.
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