El desembarco aliado en Normandía –el 6 de junio de 1944, mejor conocido como día D– es considerado por muchos como el evento pivotal de la Segunda Guerra Mundial. Y dado que esa guerra definió –y continúa definiendo– el actual orden internacional, podría decirse que la realidad en la que vivimos comenzó a construirse en las playas normandas.
Así lo entienden las potencias occidentales, al menos, y las solemnes conmemoraciones que hacen del evento son también una celebración de ese orden, establecido por los “liberadores” estadounidenses para beneficio propio y de sus aliados. Un orden que, además, se convirtió en el único disponible tras el colapso en 1991 del otro “liberador” de la guerra, la Unión Soviética.
La septuagésima conmemoración del día D se celebró el viernes en Francia. Y en ella, más que nunca antes, pudo verse que, si bien sigue habiendo mucho que recordar, hay cada vez menos que celebrar. El presidente estadounidense llegó no como representante del país que salvó al mundo sino como la cara visible de un monstruo que pasó la última década librando absurdas e inútiles guerras de agresión; secuestrando y torturando “terroristas”; espiando a aliados y enemigos por igual; y asesinando a extranjeros y compatriotas con máquinas voladoras a control remoto. Los líderes europeos, por su parte, ya no son los constructores y guardianes de un hermoso y próspero proyecto posnacional sino el reflejo de una crisis socioeconómica que –a la luz de las últimas elecciones europeas– amenaza con tirar por la borda tanto al proyecto como a las élites que lo representan.
Y luego, por supuesto, estaba él. Vladimir Putin. El hombre que aprovechó los errores de unos y otros para empezar a estrechar las alas del Estado heredero de la Unión Soviética. La irrupción de Rusia en su periferia –de la guerra de Georgia a la anexión de Crimea– es el signo definitivo de que el antiguo orden europeo ha saltado por los aires. Y la presencia de Putin en las conmemoraciones aliadas confirma que el oso ruso ha vuelto, aparentemente para quedarse.
El colapso del orden post guerra fría en Europa no es más que un reflejo de lo que está ocurriendo en todo el mundo. En Oriente Medio, el derrumbe de las dictaduras seculares pone en peligro al resto de países –de Arabia Saudita al Líbano– y, en general, aumenta el caos regional. En Asia, por supuesto, la irrupción de China como potencia naval ha revivido tensiones que podrían acabar en un conflicto armado.
El panorama es claro: ya sea por el aumento de la anarquía –que dificulta la proyección de poder– o por el ascenso de otras potencias, Estados Unidos (EU) ya no tiene la capacidad –eminentemente militar– de imponer y mantener los sistemas políticos y económicos que le convienen. En pocas palabras, el mundo ya no es unipolar. La única excepción se encuentra en Latinoamérica, cuya mitad relevante para EU –la que está por encima de la selva amazónica– no posee potencias regionales y cuya mitad sur –en donde se encuentra la única potencia regional– está tan aislada de todo que aún no amerita grandes preocupaciones.
A medida que se cierra el capítulo post guerra fría, la pregunta del millón de dólares gira en torno al futuro inmediato: ¿qué sistema reemplazará el orden unipolar que ha caracterizado a las últimas décadas? Si bien no existe una respuesta concreta, una mirada al mundo de hoy puede ayudarnos a identificar las claves de las cuales dependerá, en última instancia, el próximo capítulo de las relaciones internacionales.
Moscú y Beijing
Lo primero que salta a la vista es la relación bilateral del momento: China y Rusia. En la última década, Moscú y Beijing han trabajado juntos a nivel económico e incluso como antagonistas de las potencias occidentales en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero la actual profundización de sus relaciones carece de precedentes. Rusos y chinos están creando una relación de interdependencia que entrelaza sus futuros y convierte la estabilidad mutua en una prioridad.
Ambos gigantes tienen motivos de sobra para abrazarse. En el ámbito comercial, la cosa va viento en popa. Hambrienta de energía para alimentar el proceso de desarrollo económico más masivo de la historia, China es el socio perfecto para una Rusia que no dispone del dinero para desarrollar sus descomunales reservas energéticas. En pocas palabras, a ambos les sobra lo que el otro necesita. Y los números están ahí: con 90 mil millones de dólares de flujos bilaterales en 2013, China ya era el mayor socio comercial de Rusia antes del reciente mega acuerdo de gas natural (y ya hay rumores de otro acuerdo similar en gestación). Parece imposible, entonces, que ambos países no cumplan su meta de llegar a los 180 mil millones de dólares anuales para 2020.
Pero el idilio entre Moscú y Beijing va más allá del interés comercial. Ambos países son herederos de civilizaciones orgullosas que han sido humilladas –a su entender– por la unipolaridad estadounidense. Sin ir más lejos, el énfasis occidental en el día D es insultante para una Rusia que perdió hasta el 10% de su población en la guerra, mientras que China, al fin y al cabo, ha sido la principal economía del mundo por 18 de los últimos 20 siglos. Ambos, como mínimo, desean que se respete su estatus de potencia y su hegemonía en sus patios traseros.
Por eso, en un primer nivel, su sociedad diplomática es una de apoyo mutuo, de aceptación tácita de los avances rusos en Ucrania y de los ídem chinos en sus disputas marítimas. Pero profundizando un poco, lo que China y Rusia están haciendo es ofrecer una visión alternativa al “modelo unipolar” del mundo que, en palabras de Putin, “ha fracasado”. Con su entendimiento, reza un informe del Soufan Group, “ambos países anuncian su intención de escapar de las tendencias geopolíticas de la era post guerra fría”. Esas tendencias estaban centradas en la “ficción” de que el desarrollo económico haría a chinos y rusos –y todos los países– abrazar el capitalismo y la democracia al estilo occidental. Esa ficción, en el fondo, no es más que la idea del “fin de la historia” de Francis Fukuyama. Y, como concluyó el informe, “es cada vez más difícil de mantener”.
Visiones de futuro
“La relación simbiótica entre China y Rusia (...) es el hecho fundamental del joven siglo XXI”, escribió el periodista Pepe Escobar en Asia Times Online. Y para esa simbiosis no hay proyecto más importante que el de la integración euroasiática. Por el lado chino, el proyecto está conceptualizado en la visión de la “nueva ruta de la seda”, una combinación de ferrocarriles, autopistas, oleoductos y gasoductos, puertos y redes de fibra óptica atravesando –por distintas rutas– lo que Halford Mackinder llamó “la isla mundial”, y cuyo último propósito sería conectar a China con Alemania. Esta visión, por supuesto, es altamente congruente con los sueños rusos de una zona de libre comercio entre Lisboa y Vladivostok.
Y eso es solo el comienzo. Para Escobar, el tándem chino-ruso se extenderá a través del grupo BRICS de potencias emergentes (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), de la Organización de Cooperación de Shanghai, dentro del G-20 y del Movimiento de Países No Alineados.
En todos los frentes el propósito sería el mismo: desmontar, poco a poco, la arquitectura unipolar del mundo. El 15 de julio, por ejemplo, los BRICS se reúnen en Brasil. En esa cumbre se espera que funden un banco de desarrollo –con un capital de 100 mil millones de dólares– como alternativa al FMI y el Banco Mundial. La cooperación continúa con el proyecto de un oleoducto –de 30 mil millones de dólares– entre Rusia e India a través del noroeste chino; con el involucramiento de Beijing en la construcción de infraestructura entre Rusia y Crimea; con la propuesta de Xi Jinping de una “nueva arquitectura de seguridad” en Asia, que excluye a EU; y con la próxima creación de un cartel de productores de gas natural –estilo OPEP– para contrarrestar los efectos del boom estadounidense en esa industria. Sin ir más lejos, el mega acuerdo de gas entre China y Rusia fue firmado en el marco de una conferencia en Shanghai a la que asistieron líderes de 40 países, entre ellos Irán, Irak y Afganistán.
En el fondo de todo yace un descontento casi unánime por el uso estadounidense del sistema global de comercio como arma política. Se habla de la existencia de redes bancarias paralelas en China para comerciar con Irán, por ejemplo, y es bien sabido que Rusia y otros países están haciendo esfuerzos importantes para reducir su exposición al sistema bancario estadounidense y al monopolio de Visa y Mastercard en el área de tarjetas de crédito.
Para cada vez más expertos, al final de este camino se halla el abandono del dólar como moneda de reserva internacional. A pesar de que no se habla oficialmente de ello, las señales son claras. Junto con el acuerdo de gas, por ejemplo, se firmó un ídem entre el Banco de China y el banco ruso VTB para pagarse mutuamente en yuan y rublos. Este acuerdo es apenas una gota en un mar de indicadores que apuntan en la misma dirección: en 2000, por ejemplo, el 55% de las reservas internacionales estaban en dólares, un porcentaje que cayó al 33% para finales de 2013. Según el FMI, las reservas en “otras divisas” han aumentado en 400% desde 2003.
El mundo en el aire
Todo esto, sin embargo, depende de la coordinación y cooperación de un gran número de países con historias, idiosincrasias e intereses no solo distintos sino a menudo divergentes. Para muchos, incluso, la alianza entre chinos y rusos tiene más posibilidades de fracaso que de éxito porque, en resumidas cuentas, tarde o temprano Rusia deberá lidiar con la realidad de ser el socio secundario, con todo lo que ello conlleva.
Luego, por supuesto, están las regiones en donde sus intereses convergen. La primera es Asia central, que forma parte del “patio trasero” ruso pero también de los planes chinos. Kazajistán, por ejemplo, acaba de entrar a formar parte de la Comunidad Económica Euroasiática junto a Rusia y Bielorrusia, pero también forma parte importante de los 45 mil millones de dólares anuales de comercio entre China y la región.
Además de Asia central, quizá la mayor fuente de fricción entre Beijing y Moscú venga de sus respectivas relaciones con una serie de países que serán claves para el futuro: Japón, las Coreas y, sobre todo, la India. El primero ya ha declarado por activa y por pasiva que buscará formar una alianza para contener a Beijing, por lo que Moscú tendrá que hilar fino en sus planes de proporcionarle gas natural. Las Coreas presentan un panorama complejo: ambas congenian más con Beijing que con Tokyo, pero la del norte es enemiga a muerte de Washington, mientras que la del sur es uno de sus más importantes aliados militares.
Pero el premio mayor es la India, que con la elección de Narendra Modi tiene la oportunidad de reformular sus políticas y alianzas. El premier japonés Shinzo Abe no esconde su deseo de incluir a Nueva Delhi en la alianza anti Beijing, mientras que este mismo fin de semana la capital india recibió la visita del canciller chino Wang Yi, un gesto diplomático extraordinario. Por ahora, sin embargo, Modi da señales mixtas (su primer viaje al extranjero, por ejemplo, será a la cumbre de los BRICS en Brasil). Y conociendo su visión de la India como una potencia en todo derecho, es probable que Nueva Delhi intente balancear los intereses de todos sin enemistarse con nadie.
Todo esto nos lleva a Washington. La gran pregunta es cómo reaccionará EU a lo que Fareed Zakaria llamó “el ascenso de los demás”. Por ahora, los estadounidenses parecen haber descuidado uno de sus principales imperativos geopolíticos: mantener a Eurasia dividida. Su manejo del ascenso ruso y chino –tratando a Europa y Asia como entes separados– ha sido tan contraproducente que ambos han terminado abrazándose. Ahora, Eurasia es la palabra de moda, quizá la señal más poderosa de que lo logrado por Richard Nixon y Henry Kissinger a principios de los 1970 ha pasado a la historia.
Así las cosas, es posible que estemos asistiendo al nacimiento del siglo euroasiático. En ese caso, Washington estaría en una posición ideal para balancear los complicados arreglos que serían necesarios para la integración de la “isla mundial”. De cara a las “rutas de la seda”, por ejemplo, podría ayudar a buscar una reconciliación entre Irán e Israel que parece sine qua non para la construcción de infraestructura común.
Pero eso no se adivina aún. Los estadounidenses parecen empeñados en seguir con lo mismo, negociando (secretamente) masivos TLC transoceánicos, “pivoteando” militarmente hacia todos lados y enfrentándose simultáneamente a las otras dos grandes potencias del mundo. Con su difícil situación económica, su política disfuncional y el posible ascenso de un liderazgo más agresivo en 2016, las posibilidades de que Washington no reaccione bien al fin de su hegemonía global son altas. Y eso, quizá, sea solo una parte del pronóstico más probable: el mundo del siglo XXI será multipolar, pero también complejo, impredecible y, por ende, peligroso. Un mundo, irónicamente, parecido al que comenzó a derrumbarse hace 70 años en las playas de Normandía.

