Figuran en el arsenal de casi cualquier país y fueron un recurso común de los ejércitos desde la II Guerra Mundial, pero las bombas de racimo, que según los expertos matan con gran diferencia más civiles que soldados, tienen las horas contadas.
La convención sobre bombas de racimo que entró en vigor ayer 1 de agosto prohíbe este arma tan mortífera como indiscriminada.
Pero mientras altas personalidades de todo el mundo, entre ellos el secretario general de la ONU, Ban Ki moon, y hasta el papa Benedicto XVI, saludaron la prohibición, esta ni incluye a algunos países: Rusia, China y Estados Unidos, presuntamente los mayores fabricantes de estas armas, que no firmaron la convención.
Las bombas de racimo se abren en el aire y diseminan multitud de pequeñas granadas, incluso centenares, según el modelo. Lanzadas con artillería pueden desatar una verdadera lluvia de explosivos.
Thomas Küchenmeister, director de la organización alemana contra las bombas de racimo Aktionsbündnisses Landmine.de. “investigaciones internacionales cifran en 98% las víctimas civiles de las bombas de racimo”. Pero el mayor peligro son las granadas que no estallan” en combate, señala Steve Goose, de Human Rights Watch.
Los proyectiles quedan así en el escenario del combate librado ayer, pero siguen matando mañana, cuando en el sitio ya no hay soldados, sino civiles, especialmente niños atraídos por sus colores.

