El rompecabezas del veneno

El rompecabezas del veneno
LASERFOTO AP/Efrem Lukatsky

Este espectro es Vladimir Putin. Esperemos que pronto encuentre la cabeza.

Al viajar recientemente por Europa oriental, la gente sigue diciéndome en qué tipo de amenaza se está convirtiendo Putin, y está en lo correcto. Hay suficientes ejemplos de países vecinos a los que Putin está intimidando, desde Georgia y Estonia hasta este encantador y pequeño país báltico que es Letonia, pero el ejemplo más atroz fue el reciente complot de Putin para instalar un nuevo títere pro ruso en Ucrania.

Si el candidato a favor de la reforma, Viktor Yushchenko, no muere en un "accidente automovilístico" antes de las nuevas elecciones ucranianas del 26 de diciembre (los accidentes de vehículos son un método preferido para deshacerse de los demócratas ucranianos), es posible que nos enteremos de quién lo envenenó con dioxina.

La noche anterior a que mostrara los primeros síntomas, Yushchenko cenó con el jefe del SBU, el servicio secreto de Ucrania. El propio director ha parecido ser un reformista, ¿así es que la enorme sección no reformista del SBU recurrió a sus viejos trucos? Quizás. ¿Y los agentes rusos, que tienen relaciones estrechas con esa sección no reformista del SBU, ofrecieron su pericia en toxinas?

No hay pruebas de que Rusia estuviese involucrado en el envenenamiento o siquiera que hubiera sido envenenado en esa cena. Sin embargo, Rusia se las arregló para insertarse en cada uno de los demás aspectos de la campaña, así es que es una posibilidad sobre la cual están murmurando los ucranianos.

Está claro que Rusia no palidece ante el asesinato. Dos agentes secretos rusos asesinaron a un ex presidente de Chechenia (a quien Moscú calificó de terrorista) en el país del Golfo Pérsico de Qatar en febrero, haciendo explotar su coche mientras se alejaba de una mezquita. "La dirigencia rusa emitió una orden de asesinar al ex líder chechenio", dijo el juez de Qatar tras analizar toda la evidencia y sentenciar a los dos hombres.

La esencia del asunto es que Putin ha embaucado a occidente. No es una versión sobria de Boris Yeltsin. Más bien es un Pinochet o un Franco rusificado. Y no está guiando a Rusia hacia una democracia de libre mercado, sino a un fascismo.

En efecto, Putin ha conducido a Rusia de una dictadura de izquierda a una de derecha (los líderes chinos han hecho algo muy parecido). Mussolini, Franco, Pinochet, Park Chung Hee y Putin surgieron en sociedades que padecían caos económico y político. Todos ellos consolidaron su poder, en parte debido a que estabilizaron el orden e hicieron que los trenes o aviones fueran puntuales.

Esa es la razón por la que Putin todavía tiene el 70% de aprobación en Rusia: lo ha hecho bien en lo económico, con índices de crecimiento del 5 al 10%. Encuestas de opinión realizadas por el Pew Research Center (Centro de Investigación Pew) indican que Rusia es tierra fértil para semejante putincracia: los rusos dicen, por un margen de 70 a 21, que un líder fuerte puede resolver sus problemas mejor que en una forma democrática de gobierno.

Con todo, una Rusia fascista es algo mucho mejor que una Rusia comunista. El comunismo fue un sistema económico fallido, mientras que la España de Franco, el Chile de Pinochet y los demás generaron crecimiento económico sólido, una clase media y contactos internacionales, en última instancia, establecieron las condiciones para una democracia. Al final, veremos manifestaciones a favor de la democracia en Moscú como las de Kiev.

Necesitamos atraer a Rusia y alentar el desarrollo económico para alimentar esa evolución política, y reducir el riesgo de que Rusia, amargado y humillado, caiga en el tipo de xenofobia conspirativa que se encuentra en algunas partes del mundo árabe. Y, francamente, necesitamos atraer a Rusia hacia nuestros propios propósitos, como el de combatir la proliferación nuclear. Sin embargo, también debemos quedarnos en el lado correcto de la historia.

Así es que necesitamos expresarnos con firmeza en contra de la brutalidad en Chechenia, la interferencia militar rusa que persiste en Georgia y Moldavia, de la represión contra los medios de comunicación en Rusia, y a últimas fechas del saqueo de las compañías que no le hacen caravanas lo suficientemente profundas a Putin.

Fue bueno ver que Colin Powell no permitió que Putin nos mangoneara con relación a Ucrania. Necesitamos evitar ya que nos embauque en otros temas, y ayudarlo a encontrar su cabeza otra vez. Si los ciudadanos del Báltico, esos ucranianos valientes, le pueden hacer frente a Putin, también nosotros.


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