KABUL, Afganistán (EFE). Los señores de la guerra se reparten el territorio afgano y el gobierno de Burhanudín Rabbaní en Kabul parece incapaz por el momento de extender su autoridad entre los diferentes comandantes.
La situación actual en Afganistán recuerda a la de 1992, cuando el Ejecutivo de Mohamed Nayibulá, protegido de la Unión Soviética, fue derrocado por los muyahidines y el país fue repartido en feudos controlados por comandantes con ejércitos propios, que pactaban o guerreaban según las circunstancias.
La capital del país, Kabul, así como la mayor parte del territorio, está controlada por la Alianza del Norte, una amalgama de grupos étnicos turcos y persas (tayikos, hazaras y uzbecos), que en el pasado protagonizaron interminables luchas intestinas.
Hay que decir que con los talibán había al menos una cosa buena: la seguridad, reflexionaba un kabulí disgustado por la cantidad de hombres armados y con uniformes militares que vuelven a verse en la ciudad y que recuerdan aquellos caóticos años de principios de la década de 1990.
Cuando los talibán aparecieron en 1994 y en solo dos años se hicieron con el 90% del país, muchos respiraron aliviados porque, al menos, los estudiantes coránicos garantizaban el orden público.
Pero ahora que los talibán solo resisten en Kandahar, asediados por todos los frentes, los señores de la guerra vuelven con sus muyahidines y se hacen dueños de sus parcelas de terreno.
Entre Jalalabad y Kabul, por ejemplo, los 150 kilómetros de carretera están divididos entre tres comandantes: Hajji Qadir, en Jalalabad; Hajji Nasrat, en Sarubi, y el Gobierno central en Kabul.
Todos dicen ser fieles al gobierno de Rabbani, pero cada uno de ellos ha desplegado a sus hombres armados que instalan controles de carretera a su antojo.
En Jalalabad, los hombres de Hajji Qadir, que se pasean por la ciudad en numerosas patrullas fuertemente armadas, aseguran a los extranjeros que no deben aventurarse fuera de la ciudad, pues su seguridad no está garantizada.
Hajji Qadir ha intentado durante dos días sentar a los barones de las provincias orientales de Nangarhar, Logar y Laghman (todas de etnia pastún, como los talibán), pero no ha logrado llegar a un consenso y, según fuentes de la ciudad, en la tarde del sábado hubo intercambio de tiros dentro de la ciudad.
Qadir, lo mismo que Rachid Dostum en Mazar i Sharif (norte) o Ismael Jan en Herat (noroeste), dicen ser partidarios de la Alianza, pero todo parece indicar que intentan hacerse fuertes en sus plazas respectivas para poder dejar oír su voz en las futuras negociaciones para un gobierno de amplia base al que todos dicen aspirar.
El ministro de Defensa de la Alianza, Mohamed Fahim, dijo ayer en Kabul que el gobierno de Rabbani está dispuesto a celebrar una conferencia entre todos los grupos étnicos afganos que conduzca a una autoridad provisional tan necesaria en el país.
Pero Rabbani dejó ayer sábado claro que no aceptará un gobierno impuesto por Estados Unidos o el Reino Unido, que tanto ayudaron a la Alianza para llegar a Kabul, y que solo admitirá la intervención de las Naciones Unidas.
En cuanto a los talibán, aún siguen atrincherados en la ciudad de Kandahar, supuestamente acompañados por los dirigentes de Al-Qaida, la red terrorista acusada de planear y ejecutar los atentados contra las torres gemelas y el Pentágono el pasado 11 de septiembre.
Los talibán confirmaron ayer que Mohamed Atef, supuesto cerebro de esos atentados y de los que en 1998 destruyeron las embajadas de Estados Unidos en Tanzania y Kenia, murió el viernes por los bombardeos de los aviones estadounidenses.
El mullah Mohamed Omar, jefe supremo de los talibán, dijo ayer que sus hombres huirán a las montañas en caso de que Kandahar caiga en poder de manos enemigas y comenzarán una guerra de guerrillas.
