DESARROLLO HIDROELéCTRICO

Desasosiego en el Tabasará

Campesinos e indígenas cuentan los perjuicios que la operación de la hidroeléctrica Barro Blanco cierne sobre la cotidianidad de sus vidas.

Desasosiego en el Tabasará
Indígenas y campesinos están preocupados por el futuro del río Tabasará, cuya cuenca se extiende desde la comarca Ngäbe Buglé hasta la provincia de Veraguas.

Impotentes y con la ilusión rota se encuentran 150 moradores de Nancito, en el distrito de Tolé, provincia de Chiriquí, quienes en un principio apoyaron la construcción de la hidroeléctrica Barro Blanco, en los márgenes del río Tabasará, debido a las promesas que dicen les hicieron, pero que hoy, afirman, han quedado en el olvido.

A pocos meses de que la construcción del proyecto termine –actualmente lleva un avance de 90%– estas personas viven con la expectativa de que la planta de generación de energía eléctrica quedará a pocos metros de sus hogares, aunque irónicamente no podrán encender ni un foco, porque no cuentan con este servicio.

Aunado a esto, sostienen que no dejan de pensar en el momento en que se produzca la inundación de la obra, que los dejará sin el camino que utilizan para salir de estas comunidades.

La hidroeléctrica de Barro Blanco, que adelanta la empresa Generadora del Istmo, S.A. (Genisa), proyecta generar 28.7 megavatios de electricidad, mediante una inversión de 120 millones de dólares, aprovechando el caudal del río Tabasará.

PROMESAS

Las poblaciones de Nancito y Coglé, esta última en la comarca Ngäbe Buglé, se ubican en los márgenes del Tabasará, una cuenca de mil 289 kilómetros que atraviesa el territorio indígena y las provincias de Chiriquí y Veraguas.

Allí, en Nancito, Heriberto Duarte De Gracia, de 84 años de edad, no cuenta con agua potable ni con una carretera para llegar a su casa, y menos con energía eléctrica.

“Tengo una guaricha”, dice en tono de resignación, mientras detalla que al igual que otros miembros de esta población vivía a orillas del río, pero que la furia de la corriente natural lo obligó a buscar refugio en un lugar más seguro.

Ahora habita una pequeña y humilde vivienda construida con madera y cinc en la planicie de un cerro, donde los residentes también ubicaron la escuela multigrado, el tanque de agua rural, la iglesia católica, y el cementerio.

Sentado en un banco de madera, dejando escapar esa amabilidad y franqueza que caracteriza al hombre de la campiña, recuerda que antes de empezar la construcción del proyecto hidroeléctrico Barro Blanco hubo “muchas” promesas.

“Iban (los empresarios) a construir una carretera, a arreglar la escuela, la iglesia, y el cementerio lo iban a cercar con alambre de ciclón”, enumeró.

En su afán por explicar las supuestas comodidades de las cuales gozarían, Duarte De Gracia traza en el aire el recorrido que debía tener la carretera, la cual confiesa lo tenía ilusionado, pues a su edad las rodillas comienzan a pasarle factura por las largas jornadas utilizadas para hacer producir la tierra.

TRAVESÍA

Y es que allá, montaña adentro, enfermarse y tratar de buscar atención médica es toda una odisea.

Antonio Duarte, de 54 años de edad, indicó que para sacar un enfermo de la comunidad hasta un puesto de salud cercano, la hamaca es el medio de transporte más idóneo a falta de carreteras.

En ocasiones esta labor la hacen en medio de la oscuridad de la noche, atravesando potreros.

A Duarte esto le preocupa, pues manifestó que una vez inunden el camino, en vez de una travesía de 15 minutos tendrán que caminar por una hora y 30 minutos para poder llegar a la carretera Panamericana.

Agregó que para lograr la atención en un puesto de salud deben salir a las 2:00 a.m., porque luego de esta hora no llegarán a tiempo a ningún lugar.

Incluso, alegó que será un problema más para los padres de familia con hijos en las escuelas secundarias de las provincias de Chiriquí y Veraguas, porque van a tener que madrugar más de lo que habitualmente hacen, para llegar a los colegios.

A manera de ejemplo, dijo que su hijo de 17 años, que estudia en el Instituto Profesional y Técnico de Remedios, en Chiriquí, sale de su casa en medio de una total oscuridad, a las 4:40 a.m., para llegar al colegio a las 7:00 a.m., cometido que no siempre logra. “Acá arriba todo es difícil”, asegura Duarte, quien habita una pequeña casa de quincha.

EXPECTATIVA

El sentirse “engañados” y quedar incomunicados no son las únicas causas del desasosiego en que viven los moradores de Nancito y Coglé, quienes comparten las mismas necesidades, esperanzas y alegrías, aunque sus casas están alejadas unas de otras, separadas por potreros y campos cultivados.

Una de las más grandes inquietudes para los que viven cerca del proyecto hidroeléctrico de Barro Blanco, es qué pasará con sus casas cuando se haga la inundación, porque algunos de ellos viven a menos de 20 metros del lugar que será anegado.

Quienes habitan en las faldas del cerro se preguntan si al final la fuerza del río no socavará la tierra donde levantaron sus viviendas, que a diferencia de las que están en la cima de la montaña son de bloques y cinc.

DERECHO A LA TIERRA

Mientras que los campesinos ven como su futuro se torna cada vez más indescifrable, al quedarse sin la vía de acceso prometida y perder la que siempre utilizaron, los indígenas dueños de la tierra que inundará la hidroeléctrica están dispuestos a no perder su derecho.

Luis Jiménez, miembro de la etnia ngäble buglé, afirmó que no están prestos a abandonar las tierras de las cuales depende el sustento de sus familias.

En Quebrada de Caña, Jiménez siembra plátano, frijol, maíz, y otras verduras.

Lo hace desde que era un niño, tal y como lo hicieron sus padres, sus abuelos, y lo seguirán haciendo unos 55 miembros de su familia, porque, según dijo, “ las tierras no están en venta”.

Esta última frase es repetida por su hijo, Justo Jiménez, quien agregó que no están dispuestos a recibir dinero de la empresa que construye la hidroeléctrica, “porque eso es igual a quedarse mañana sin camisa ni pantalón”.

La familia Jiménez es una de las dueñas del territorio que inundará la obra, y sus miembros formaron parte del grupo que la semana pasada se reunió en Caña Blanca de Tolé, para exigirle al presidente Juan Carlos Varela la cancelación definitiva del proyecto, “porque en nada beneficia a los miembros de la comarca”.

Este grupo, además, le dio un plazo a Varela para que, antes del 15 de febrero próximo, se acerque a conversar con ellos.

El pasado viernes, le entregaron en la Presidencia de la República una nueva invitación al mandatario.

COMISIÓN

El presidente regional de Codubri, en la comarca Ngäbe Buglé, Toribio García, reiteró que el 15 de febrero es el último día que le otorgan a Varela para cancelar el proyecto Barro Blanco.

Manifestó que si antes de esa fecha no llegan a un acuerdo con el Ejecutivo, ese día van a concentrar a más indígenas que los 800 que asistieron a la pasada reunión.

Agregó, sin dar mayores detalles, que luego de ese tiempo no descartan tomar las acciones que sean necesarias para lograr la cancelación de esta construcción.

Ante este panorama, el pasado lunes, Varela creó una comisión para que se acerque a conversar con los dirigentes de la comarca Ngäbe Buglé.

No obstante, García aclaró que con los únicos que tienen que conversar es con el grupo que está concentrado en Caña Blanca de Tolé, “porque cualquiera negociación la tienen que hacer de cara a la comunidad”.

DAÑOS

Indígenas, campesinos y ambientalistas no cejan en indicar que la edificación causará daños al ambiente, y perjudicará de manera directa a más de 200 personas, e indirectamente a 3 mil habitantes que aprovechan las aguas del Tabasará para sus faenas agrícolas.

La Prensa intentó comunicarse con los voceros de Genisa para conocer sobre las promesas hechas a estos moradores, pero al cierre de la edición no hubo respuesta.

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