Cuando conocí a Rubén Darío Carles, yo tenía unos pocos años de trabajar en la Contraloría. En esos días él era un alto oficial del Chase Manhattan Bank y profesor de economía en la Universidad de Panamá. Compartía la calidad de catedrático en esa casa de estudios con Carmen A. Miró, profesora y directora de Estadística y Censo de la Contraloría General de la República.
Entre Carmen y Carles existía una estrecha amistad. Él visitaba frecuentemente nuestra oficina (la llamo nuestra, porque yo era subalterno de Carmen). Eso me dio la oportunidad de conocerlo y la posibilidad de escucharlo conversar y discutir sobre problemas nacionales. Si mal no recuerdo, fue durante la presidencia de Ricardo Manuel Arias Espinosa que se creó el Consejo de Economía Nacional, una especie de peldaño para lo que después vendría a ser la Dirección de Planificación adscrita a la Presidencia. Integraban dicho consejo: Luis Martinz, a quien se eligió presidente; Bey Mario Arosemena, Antonio Zubieta, don José Riba, Carlos Sucre Calvo, Rubén Darío Carles y Carmen Miró, cada uno con su respectivo suplente, yo fui de Carmen y tanto ella como Carles me sugirieron que asistiera a las reuniones de ese cuerpo, cosa que hice. El secretario era Horacio Clare, y el subsecretario, Alberto Quirós Guardia. Allí aprendí mucho y conocí a los ciudadanos que lo integraban.
Don Ernesto de la Guardia sucedió en la Presidencia a Arias Espinosa y designó a Carles ministro de Hacienda y Tesoro en su primer Gabinete. El domingo siguiente a su asunción, Carles me invitó a hacer una visita a la aduana de Tocumen, en donde encontramos a un importador discutiendo sobre el aforo de unos zapatos para damas, alegando que ese calzado era para niñas, correspondiéndole un arancel menor. Carles terció en la discusión y la resolvió con su estilo “chinchorriano”. Le pidió a la inspectora de aduanas, madre de familia, que se midiera uno de los zapatos. La empleada procedió y le calzaron sin dificultad. Entonces Carles sentenció: “Evidentemente, estos zapatos son para niñas paridas”. Y se aplicó la tasa arancel de zapatos para adultos.
Con una generosidad que nunca olvidaré, el ministro Carles me pidió que le acompañara como su segundo en el Ministerio. Le manifesté mi agradecimiento y le dije que si aceptaba me metería en un predicamento, que yo era un desconocido, que no pertenecía a ningún partido y que los políticos se sentirían desplazados, pero Carles atajó mis argumentos con la frase: “Ya yo hablé con don Ernesto y tú eres el elegido”. Pensé que el presidente me honraba, pero que decidía a ciegas. Confió en el juicio de su ministro. Así, por Carles, irrumpí en el plano público.
Carles se vinculó a la política desde muy joven. Fue un hombre de partido y un político diferente. Sintió preocupación genuina por el desarrollo del país y a ello dedicaba su talento. Su energía se puede catalogar de legendaria. Su honradez es carta que define su personalidad de manera que nadie la ponía en duda. Las tareas de fiscalización las entendía en el sentido de que por cada dólar de gasto, la Nación debía recibir 100 centésimos en bienes o en servicios y el último centavo de ingresos debía registrarse en la cuenta de Tesoro Nacional. Era alérgico a esos emolumentos exagerados o dudosos de ciertos funcionarios. Por eso atacó los abusos de los jueces ejecutores y de los cónsules. Puso orden en ambos ámbitos e impulsó una reforma arancelaria que encontró en proceso.
Declaró una guerra a los abusos que los contratos de producción a la industria propiciaban en materia de exoneración de impuestos de importación y ello lo llevó a enemistarse con algunos, y envió a la cárcel a algún magnate por jugarretas fiscales. En fin, dejó un legado de compromiso con la justicia y con la eficiencia.
Me honra la amistad con Carles. Le agradezco en grado sumo el impulso que dio a mi carrera al convertirme en su viceministro. Conservó su cariño hacia mí, que yo le correspondo y a pesar de que nunca me lo dijo, yo sé que condenaba mi vinculación con el gobierno de los militares, por su odio a las dictaduras.
