[DESBORDAMIENTO]

¡Adiós, Teherán!

En las calles de hace 30 años, donde las muchedumbres se desgañitaban con las consignas de ‘¡Muerte al Sha!’, ahora gritan ‘¡Muera el dictador!’, como llaman sus adversarios a Ahmadineyad.

Cada vez que salgo de mi querido Irán, nunca sé si podré volver. Trato de absorberlo todo para impregnarme de su vida. Esta vez no pude hacer las cosas que quería, viajar a una aldea remota para saber de su gente, ir a la costa del Caspio, presenciar un combate de lucha iraní. Viajar por este gran país, donde hay persas, azeríes, kurdos, árabes, beluchis, de diversas etnias y lenguas, es difícil porque hay que contar con permisos del Gobierno.

Llevo 30 años visitando esta nación de antigua cultura persa, con ciudades imperiales como Isfahán –la mitad del mundo, como dicen los iraníes–, con un pueblo de un gran orgullo nacional. He creído siempre que la revolución islámica es, ante todo, una afirmación nacional frente a las injerencias extranjeras.

En febrero de 1979, un fin de semana, después de la llegada del ayatolá Jomeini del exilio de París, pude viajar a la isla de Kish en el golfo Pérsico, conocí las gloriosas ruinas de Persépolis, poetas clásicos de la literatura persa como Hafez, vi por vez primera la alegre fiesta del Noruz o año nuevo persa, fui a Yadz con las torres del silencio de los zoroastrianos. Nunca hubiese podido imaginar que 30 años después de mi primer viaje, me sorprendiese en Teherán un profundo movimiento de protesta, encabezado por un ex primer ministro el régimen, al que se le compara a veces con Gandhi. Un hombre mostraba en la calle un pañuelo ensangrentado. Unos muchachos que habían mojado sus dedos en la sangre de manifestantes muertos, dejaban su huellas en paredes, en postes, en blancas carrocerías de ambulancias.

Cuando los habitantes de la capital se regocijaban por la salida del Sha, grupos de adolescentes en un gesto de confraternización con la tropa tendían rosas rojas a los militares. Uno de los aspectos más sorprendentes de la oposición popular al régimen imperial es que casi siempre ha aparecido desarmada, a pecho descubierto, ante las fuerzas del orden. “Este movimiento revolucionario, animado por los religiosos chiís, evoca la lucha no violenta... de los seguidores de Mahatma Gandhi en India contra las tropas británicas”.

Son párrafos entresacados de mi crónica Sangre en las calles de Teherán, publicada en enero de 1979.

A menudo en las mismas calles de hace 30 años, donde las muchedumbres se desgañitaban con las consignas de “¡Muerte al Sha!”, ahora prorrumpen en gritos de “¡Muera el dictador!”, como llaman sus adversarios a Ahmadineyad.

La revolución de entonces empezó en Tabriz, y en otras ciudades, antes de alcanzar Teherán, y sólo dos meses antes del regreso del ayatolá, fue reforzada por la decisión de los obreros de la compañía nacional del petróleo de interrumpir su exportación a partir de las refinerías de Abadan. En aquella revolución participaron liberales de Musadeq; comunistas del Tudeh; izquierdistas del muyahidín el Jalk –acusados ahora por el Gobierno de infiltrarse en las protestas– y nacionalistas kurdos, además de los seguidores de la ideología islámica del imán Jomeini. Como en todas las revoluciones, la del imán Jomeini, devoró a muchos de sus protagonistas, empezando por los partidarios del Tudeh o los liberales y ahora, cuando cumple 30 años, este régimen es impugnado por millones de iraníes. Se dice que el valiente movimiento de protesta actual es impulsado, sobre todo, por la juventud.

El fin de las ilusiones de la utopía islámica se debe a la degradación de la situación económica, al paro, al radicalismo de la elite religiosa gobernante, al aislamiento internacional, al enquistamiento del régimen. Es la reacción a una revolución desgastada, represora. “Yo tenía 20 años –escribió Paul Nizan– y no permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida”. Muchos jóvenes de Teherán, con un alto porcentaje de suicidios femeninos, muy afectados por los estragos de la droga, estos hijos fatigados e incrédulos de la revolución, se han echado a las calles.

A diferencia de sus padres, a diferencia de la anterior generación instalada en el poder, los líderes que ahora encabezan este amplio movimiento de impugnación popular no se proponen derrocar el régimen, sino ante todo conseguir que se haga justicia en la mascarada del escrutinio, con cuyos votos expresaron sus ansias de una vida más libre. Musavi y los demás candidatos que se presentaron, como el anterior presidente reformista Jatami, son hijos de la jerarquía en el poder, criaturas del fallecido imán Jomeini que les otorgó su confianza en su círculo íntimo.

El conflicto de generaciones, el anhelo de un estilo de vida más libre, el despotismo del Gobierno al despreciar una parte destacada de sus ciudadanos, fomentan este engranaje de peligrosos acontecimientos que pueden desbordarse en las calles de Teherán. No es fácil, por ahora, que esta gran frustración popular provoque el desmoronamiento de la república islámica. Sin embargo, una represión brutal es germen de todas las incertidumbres. En 1979, nadie podía creer que la milenaria monarquía persa que los Reza Pahlevi reivindicaban, fuese derribada.

Irán, donde se publican más libros que en Egipto, tiene una inquietud artística, cultual, una expresión política, que no existe en la mayoría de países del Oriente Medio. Su capital es una trepidante ciudad que recuerda más una ciudad del este de Europa que una población del Oriente. ¡Que pronto pueda volver a Teherán!


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