Es de esperar que los dirigentes de la World Wildlife Foundation (WWF) se encuentren eufóricos ante el resultado obtenido por su iniciativa de la “Hora del Planeta”, la campaña gigantesca para concienciar a la humanidad acerca de la necesidad de ahorrar energía y conseguir así que se limiten las emisiones de dióxido de carbono que están asfixiando la atmósfera. En la noche del sábado 28 de marzo, casi cuatro mil grandes ciudades de todo el mundo apagaron sus edificios más emblemáticos. No a la vez, por supuesto, porque la rotación del planeta obliga a una secuencia acompasada: el turno del apagón comenzó en Nueva Zelanda para terminar no lejos de allí, en Hawaii, 24 horas más tarde. Madrid dejó a oscuras la Puerta de Alcalá y la Cibeles, Barcelona la Torre Agbar y Bilbao el Guggenheim entre las 8:30 p.m. y 9:30 p.m. y así, sucesivamente, 84 países se sumaron a la única iniciativa que yo recuerde con un carácter en verdad planetario. Ni siquiera la lucha contra el sida ha tenido un éxito tan generalizado y una respuesta tan unánime.
¿Y cómo ha sido eso? ¿A causa de que la conciencia ciudadana ha llegado ya a los Gobiernos de todo el mundo? ¿Pudimos irnos a la cama tranquilos el sábado aunque, por aquello del cambio al horario de verano en la madrugada –otra iniciativa de ahorro– durmiésemos una hora menos? ¿Fue ése el momento en el que se salvó el planeta?
Ni el mayor de los cínicos se atrevería a afirmar algo así. Las principales compañías eléctricas españolas dieron de inmediato los resultados de la iniciativa: un ahorro de un 1% en el consumo de energía durante el apagón. Ni qué decir tiene que a las 9:30 p.m. en punto, hora española, todo volvió a su sitio que es el del despilfarro continuo. Un 1% menos de CO2 –ya sé que no hay una relación lineal tan simple, pero la imagen es lo que cuenta– durante una hora frente a las ocho mil 759 restantes del año. Y eso en un único año. ¿Cuántos llevamos ya inundando el mundo de luces inútiles para desesperación de ecologistas y astrónomos?
Por descontado que se trata de un gesto. Pero, ¿de una iniciativa emblemática de ahorro? Ni por asomo. Para lograr ese consenso mundial, los recursos que se pusieron en marcha fueron gigantescos, con anuncios de todo estilo y un inmenso despliegue mediático. Lo que ha logrado WWF es un milagro, pero no de tipo ecológico, que no existe tal cosa, sino publicitario. Se ha demostrado que los Gobiernos son capaces de moverse tras una campaña de imagen siempre que lo demás se quede donde estaba. Puro Lampedusa, vamos. A la mañana siguiente, los diarios daban la noticia de que, en España, el Congreso de los Diputados había apagado la luz. Ya que hablamos del ahorro de fondos públicos, sólo la tercera parte de sus señorías trabaja de verdad en el Parlamento español; los demás cobran y se sacan luego un sobresueldo en otra parte.