El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y su colega chino, Hu Jintao, dieron toda una lección de realismo político. Los líderes de las dos principales potencias mundiales subrayaron su compromiso de aumentar la colaboración entre ambos países en tiempos de crisis, a pesar de que no escondieron las significativas divergencias que los separan.
El imponente Palacio del Pueblo de Beijing fue el escenario que reflejó los consensos y los disensos entre las dos superpotencias. La temperatura glacial que marcaba ayer el termómetro en la plaza de Tiananmen no tenía nada que envidiar al frío ambiente en que transcurrió la comparecencia de Obama y Hu ante los medios de comunicación. Fueron 30 minutos de lectura de sendos comunicados, sin derecho a preguntar por parte de los periodistas, y un obligado apretón de manos.
La cara larga de Obama tras dos horas de reunión con Hu puso de manifiesto que son más las cosas que los separan que las que los unen. El compromiso solo se reflejó en su voluntad de evitar el fracaso de la cumbre sobre el clima del próximo diciembre en Copenhague, y la búsqueda de una solución para que Corea del Norte regrese a la mesa de negociación para su desarme nuclear.
Conscientes de que todo el mundo los observa, como líderes de los principales países contaminantes, Obama y Hu expresaron su voluntad de que en Copenhague se alcance un acuerdo “según las responsabilidades y capacidades de cada país”, dijo Hu. Obama fue más allá en su declaración. “No queremos lograr un acuerdo parcial ni una declaración política, queremos alcanzar un acuerdo que abarque todos los aspectos de las negociaciones y que tenga efectos inmediatos”, precisó.
En materia energética, ambos anunciaron una serie de acuerdos de cooperación que incluirá la creación de un centro conjunto para la investigación de energías limpias. Pero, más allá de estos anuncios, aparecieron las divergencias. Los momentos más tensos se produjeron cuando Obama emplazó a Hu a retomar el diálogo con los representantes del Dalai Lama “tan pronto como sea posible”, no sin antes haber advertido que EU reconoce que Tíbet forma parte de la República Popular de China.
Antes, el presidente chino había señalado “los nobles intereses” de China en su política territorial. A través de este planteamiento, Hu reclamó que Washington ponga fin a su apoyo a Taiwan y a las reivindicaciones del líder espiritual tibetano.
Otro punto de fricción que reapareció fueron sus posiciones en torno al programa nuclear iraní. Obama reiteró su advertencia al régimen de Teherán de que se le acaba el tiempo y de que habrá consecuencias si no aprovecha para demostrar que su programa nuclear tiene fines pacíficos. Obama quería convencer a Hu, como hizo con el ruso Medveded, de que apoyara la aplicación de nuevas sanciones a Irán. Hu, sin embargo, dijo: “Estamos de acuerdo en que este tema se resuelva mediante negociación y diálogo”.
En cuanto a los derechos humanos, un tema que los divide, Obama insistió en que son universales y deben ser respetados por todo el mundo. Y Hu aceptó la invitación de viajar a EU en 2010 para hablar de este asunto.