Adrián JelenszkyTodos los días al ver las noticias en los periódicos o en la televisión me prometo a mí mismo no volver a hacerlo. Es de esperar que muchos piensen igual que yo, porque el gran porcentaje de las noticias no presentan otra cosa más que peleas entre políticos que al final de cuentas terminan comiendo juntos y son compadres; estoy harto de oír de asesinatos, robos –tanto de los de cuello blanco, moreno, amarillo o negro, ya ni sé de qué color son los que dicen que roban–, en fin, estoy cansado de oír todo tipo de desgracias que venden y que sirven para ganar billete. Me voy a la sección de opinión de los periódicos y todo lo que leo es de inundaciones y fundaciones, de PCC, de tucanes (¿qué tienen contra esos pobres animalitos tan bonitos?), puertos y auditorías.
Sin embargo, al día siguiente vuelvo a intentar ver las noticias y no porque sea sádico, masoquista o una combinación de ambos; abro las páginas de los periódicos porque soy un fiel creyente de la esperanza, de la felicidad que todos tenemos derecho a tener, y que tenemos la obligación de encontrar en cada bendito día que nos queda en este mundo, que aunque no es perfecto, es precioso. Veo las noticias y trato de encontrar alguna buena, tarea que me es difícil aunque las examine con lupa; hay días que aunque me coma las noticias, con la consecuente indigestión, no puedo encontrar nada que sea sensible, humano o que nos incite a ser una persona mejor.
Permítanme contarles un poco de mi vida reciente. Hace siete años murió mi padre y a los pocos meses mi abuela, y un poco después –de hecho, demasiado poco tiempo para mi gusto– murió una prima tan joven y bella que dirían los supersticiosos que fue una venganza de la señora fortuna, celosa de sus atributos. Después de estas tragedias tan seguidas y dolorosas, me preguntaba si esto era todo lo que la vida nos deparaba, grandes sufrimientos espaciados por unos míseros años de descanso. Con el tiempo me di cuenta que me pasó como cuando jugaba la gallinita ciega siendo un chiquillito: ¡Equivocación! Estaba casi igual de equivocado como cuando la Iglesia hizo retractarse a Galileo de su invento de que la Tierra daba vueltas alrededor del sol.
La vida es mucho más que eso, es felicidad oculta en cada rincón del planeta, pero como todas las cosas buenas, tiene una pequeña traba, hay que saber encontrarla. Leyendo la reciente tragedia en Haití con el huracán Jeanne, donde murieron más de mil 600 personas, pude leer en algún lugar que gracias al huracán una madre se pudo reunir con su hijo al cual no veía desde hacía 20 años. El otro día estaba en un semáforo y vi a un hombre mayor que estaba pidiendo limosna, le faltaban las dos piernas y destellaba una alegría imposible de plasmar en letras; bajé mi ventana para darle un peso y le pregunté por qué estaba tan contento. El me contestó: "es que me acabo de comer el helado más rico del mundo". Piénsenlo bien: Un hombre a quien le faltan las dos piernas, suficientemente viejo que ni siquiera puede tener el ímpetu de la juventud de su lado para sostenerlo, y sin un centavo en el bolsillo... y estaba tan feliz que contagiaba a los que estábamos observándolo.
Llego a mi trabajo y hablo con una señora a la que quiero mucho, cuyos dos hijos han muerto en un espacio de tres años, de dos formas distintas y trágicas; me mira a los ojos con los suyos un poco húmedos, y me dice con una sonrisa: "Por lo menos los tuve conmigo durante 30 años". El año pasado le detectaron un tumor incurable a uno de mis hermanos, un hombre de una fe tan inquebrantable que nunca dudó por un momento de los designios de Dios. Decía que estaba en una situación de "ganar o ganar": si Dios lo curaba, iba a tener la dicha de estar más tiempo con su familia y amigos; si Dios lo llamaba a su lado, iba a tener la fortuna de verlo cara a cara. Tres testimonios, cada uno más bonito que el otro.
Te pregunto: ¿Cuántas veces piensas en dar gracias por tener una vida decente y cuántas veces maldices por no tener la vida, fortuna o suerte del resto de la gente que conoces y que lo más probable es que sea menos feliz que tú? Apuesto un poco de mi alegría contra un poco de la tuya a que lo segundo supera en demasía a lo primero. ¿Por qué? ¿Por qué no somos felices con lo que tenemos la dicha de poseer? Puedo enumerar tantas cosas por las que se puede ser feliz: la sonrisa de tus hijos, el abrazo de tu familia, la preciosa luna llena de la semana pasada, el vuelo de un pájaro, una mariposa o un escarabajo. ¿Por qué dañarnos la vida pensando en lo que los otros tienen que nosotros no tenemos? En un solo día oigo tantas excusas que se dan para no ser feliz y a todas ellas tengo una respuesta positiva: "es que me duele la barriga", da gracias porque comiste; "mi avión se retrasó dos horas", agradece que estás viajando; "mi hijo tiene un resfriado que no se lo puedo quitar", aprende a agradecer que tienes hijos; "me chocaron el carro estacionado", digo, pero tienes un carro; "los impuestos del gobierno me están matando", si pagas impuestos es porque tienes un trabajo. Hasta he oído a la gente quejarse de que en el cine hacía frío y que a las palomitas de maíz les faltaba sal; por favor, ¡acurrúcate a tu pareja, échale sal a las palomitas, y deja de llorar!
Te dejo este pequeño escrito con la esperanza de que aprendas a tener un poco de misericordia contigo mismo. No seas tan duro con tu existencia, dale un beso a tus padres, hijos y hermanos, a tu mejor amigo; cuando vuelvas a salir a la playa y esté lloviendo, disfruta la lluvia, que hay muchos lugares que quisieran tener una gota de agua pura. Como dice una vieja canción: ¡Esfuérzate por ser feliz!
Se me olvidaba contarles para los que no saben el final: mi hermano ganó su batalla contra el tumor, ahora mismo está viendo frente a frente al Señor, le está dando las gracias por todos los momentos lindos que le dejó vivir y por todos los momentos malos que le quitó de su futuro al arrancarlo temprano de esta vida. En el día que se nos adelantó, mi madre me mira a los ojos, con los suyos bien secos y me dice con una fuerte voz: "En vez de estar brava con Dios, le agradezco que me lo dejó tener por casi 50 años".