De su fe cristiana puedo dar testimonio por nuestra amistosa relación interpersonal. En ella descubrí no solo sus convicciones católicas, sino su atracción especial por nuestra espiritualidad ignaciana (la de los jesuitas). Hablábamos amigablemente de estos temas y compartíamos inquietudes. En sus últimos días me llamó y pude atenderlo espiritualmente. Algo muy importante para mí, al igual que presidir su hermoso funeral de Estado.
De su sensibilidad social algo sabía, pues me ayudó en la obra católica y social que dirijo “Jesús en los pobres”, pero en esta dimensión descubrí nuevas facetas el día de su funeral. Allí, en medio de la celebración religiosa, la famosa mujer del pueblo panameño María Carter Pantalones saltó al centro del templo y proclamó con voz muy alta y emocionada las numerosas ayudas que Aquilino había proporcionado a gente pobre de El Chorrillo. En esta dirección se manifestaron, ya en privado, otras personas. Jesús dice en el Evangelio que todo el que ayuda a un pobre lo ayuda a El. Así nuestro amigo Aquilino en muchas ocasiones “ayudó a Jesús”. Esto constituye una de las cosas más bellas que podemos hacer en la vida y es la principal asignatura de nuestro último examen el día del juicio final.
Por último, hoy, cuando la familia sufre en muchas partes de ataques y de una triste desintegración, Aquilino mantuvo como uno de los grandes pilares de su vida, tal como me lo manifestó uno de sus hijos, la unión familiar. Un valioso testimonio para nuestro tiempo.
Quiero terminar estas líneas manifestando mi gran satisfacción porque la religión, la patria y la familia, que fueron realidades muy queridas para Aquilino Boyd De la Guardia, coinciden exactamente con el lema que mi padre, Agustín Jaén Arosemena, hace muchísimos años puso en un escudo familiar que él diseñó: “Por la fe, por la patria y la familia”. Que estos tres valores muevan a las actuales y futuras generaciones de Panamá.
