JULIO CÉSAR AIZPRÚA jaizprua@prensa.com En La Arena de Chitré, los artesanos amasan el barro del cual poco a poco van saliendo hermosas vasijas que con motivos indígenas nos recuerdan un pasado que se niega a morir.
Allá, en el corazón de la provincia de Herrera, los nobles "areneros" son conocidos nacional e internacionalmente por la calidad de sus artesanías y por el sabroso pan que elaboran.
Ningún panameño pierde la ocasión para encargar aunque sea una bolsita de "pan de La Arena", el cual empezó a ser famoso gracias a la receta preparada por la señora Eudocia de Santana, allá por 1946.
Al volver a releer las páginas de la historia de La Arena, nos encontramos con que en aquél tiempo en las casas de quincha que había en la población sus moradores se dedicaban a elaborar pan, aunque fue doña Eudocia quien le dio el sabor que hoy día disfrutamos.
Las nietas de doña Eudocia cuentan que debido a la competencia que existía en ese momento, su abuela pidió a Dios que le permitiera elaborar una fórmula para tener un mejor rendimiento y que la masa tuviera un sabor sin igual.
Fervorosa creyente, una noche mientras dormía soñó que el buen Dios le concedía su petición.
Al despertar, recordó la fórmula que le había sido revelada, naciendo así, gracias a aquel toque divino, el famoso "pan de La Arena".
Desde ese instante, las rosquitas de pan que hacía doña Eudocia empezaron a tener un sabor especial que fue del agrado de los lugareños que religiosamente compraban pan en la casa de los Santana.
Años más tarde, por una de esas malas pasadas que nos juega el destino, un día gris el sol dejó de brillar en el hogar de la familia Santana. Doña Eudocia, aquella noble matrona arenera que junto a Eleodoro Santana había procreado seis hijos, fallecía en su pueblo natal.
Aunque no amasó fortuna alguna, de herencia les legó a sus hijos el amor por el trabajo, el respeto a los demás, y la fórmula para hacer el delicioso pan.
Fórmula en mano, los vástagos de doña Eudocia prosiguieron con el negocio que con base en el esfuerzo y el sacrificio había levantado su madre.
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