Sin la convicción ni las dotes de actor de un Claude Rains, representando al cínico capitán Renault de la película Casablanca, el director de la Agencia Central de Inteligencia, Leon Panetta, se dijo sorprendido al descubrir que hace más de siete años se preparaba un plan secreto para asesinar a terroristas considerados hostiles a Estados Unidos, dondequiera que éstos se encontraran.
Lo patético es que si la sorpresa del director de la CIA fue sincera, él sería la única persona en la nación que nunca oyó al ex presidente George W. Bush presumir en su segundo informe a la nación del “éxito de su administración eliminando a terroristas, de quienes nunca más volveremos a oír”. Tampoco supo, aparentemente, del grupo formado por el secretario de la Defensa Ronald Rumsfeld dentro de la Unidad de Operaciones Especiales del Comando Conjunto, cuya tarea era asesinar terroristas.
Tampoco leyó el reporte de la Comisión del 9/11, en el que se detalla cómo, en 1998, el presidente Bill Clinton autorizó el asesinato de Osama Bin Laden argumentando que la guerra contra el terrorismo le facultaba para levantar la prohibición de asesinar a líderes extranjeros decretada por el presidente Gerald Ford y ratificada por Ronald Reagan. Prohibición que, por cierto, fue una de las consecuencias del llamado Informe del Comité Church, en el que se denunciaron los abusos de la CIA y los intentos de asesinato ordenados por distintos presidentes contra Patrice Lumumba, del Congo; Rafael Leonidas Trujillo, de República Dominicana; los hermanos Diem, de Vietnam; el general René Schneider, de Chile, y el cubano Fidel Castro.
Irónicamente, Reagan también hizo caso omiso de la prohibición en 1986, cuando ordenó el bombardeo al palacio donde supuestamente se encontraba el dictador libio Muamar Gadafi y durante el cual murieron varios civiles, entre ellos una niña.
Horrorizado, Panetta ha dicho que ordenó la cancelación del programa de exterminio que, según fuentes anónimas, nunca se llevó a la práctica. Curiosamente, nunca nadie se ha opuesto a programas de exterminio de terroristas utilizando cohetes teledirigidos, que causan la muerte del terrorista y de todos los que están a su alrededor, así como la destrucción de aldeas o edificios por donde el terrorista pasó.
Lo urgente en la lucha contra el terrorismo no son los baños de pureza de Panetta, sino como lúcidamente sostiene Richard A. Clarke en un ensayo reciente, “encontrar el balance correcto entre las necesidades de una democracia y el estado de derecho, y los requerimientos de un servicio secreto de inteligencia que debe funcionar adecuadamente.
Dentro de la propia CIA hay una corriente de opinión que sostiene que su trabajo debe ser recolectar información de inteligencia y analizarla, pero no emprender acciones encubiertas que pocas veces tienen éxito.
También hay quienes piensan que dado que fueron los terroristas de Al Qaeda quienes en 1996 declararon la guerra, y quienes han atacado al país en varias ocasiones, EU está en su derecho de contraatacarlos de la manera que juzgue conveniente, incluyendo el asesinato político.
El hecho irrefutable es que una nación que tiene intereses económicos y políticos en todo el mundo no puede bajar la guardia en cuestiones de seguridad nacional. En este sentido, le corresponde al nuevo gobierno y a su aparato de seguridad nacional dejar atrás el truculento pasado y trazar políticas de defensa efectivas, pero cuidando que no violenten ni el sistema democrático ni el estado de derecho.