La simultaneidad en el anuncio de cambios en la política de Estados Unidos hacia Cuba, y en la proclama de Raúl Castro sobre cambios de orden económico y político en Cuba, podría haber creado la impresión de que finalmente se está gestando un cambio en la conflictiva relación entre ambos países. Desafortunadamente, no es así.
El anuncio del Departamento del Tesoro estadounidense de la semana pasada, solo oficializa la flexibilización de algunas de las restricciones que tienen los estadounidenses para viajar y enviar dinero a Cuba que el presidente Barack Obama anunciara a principios de año. Los cambios simplemente restablecen los reglamentos vigentes durante la presidencia de Bill Clinton y liman el endurecimiento a las restricciones impuesto por George W. Bush. En el gesto de Obama no hay indicios de que su intención sea cambiar la ley con la que Clinton codificó el embargo decretado contra Cuba en los 60.
“La política del presidente Obama”, me dice Arturo Valenzuela, subsecretario de Estado para el Hemisferio Occidental, “busca abrir lazos más estrechos entre la sociedad norteamericana y la sociedad civil en Cuba. No hay intención de cambiar el embargo, sino de cambiar las reglas del gobierno anterior para facilitar el diálogo entre los pueblos”.
Y si usted concuerda conmigo y piensa que los cambios anunciados por Obama son de poca monta ¿qué podríamos decir de las reformas económicas y los cambios políticos recién anunciados por Raúl Castro? ¿Cree usted que forman parte de un proceso “irreversible, indetenible …de reorganización del país” como ha dicho el novelista cubano en el exilio, Norberto Fuentes? O que son una posible “fábrica de nuevos problemas” en Cuba dada “la preeminencia de la continuidad sobre el cambio”, en las resoluciones aprobadas por el pleno del congreso del Partido Comunista Cubano, según ha escrito el historiador, también cubano y exiliado, Rafael Rojas.
Con respecto a los nuevos lineamientos de política económica en Cuba es evidente que hay medidas que podrían beneficiar en algo a la población. La autorización de cierto tipo de empleos por cuenta propia; la apertura a la contratación de asalariados o la autorización para que la gente pueda ¡comprar o vender su casa! Pero Raúl Castro no se ha planteado seriamente superar el proceso de estancamiento político, económico y social de Cuba ni se ha comprometido a crear un mecanismo para acelerar el cambio y darle al país mayor libertad.
En la Cuba de los hermanos Castro no hay ni atisbos de perestroika. Peor aún, si nos guiamos por el tenor de las reformas aprobadas en el VI congreso del Partido Comunista, Cuba ni siquiera se aproxima al modelo de apertura económica estilo China que los apologistas del régimen tanto han dicho que se establecería con el arribo de Raúl Castro a la presidencia.
Lo mismo puede decirse respecto a la tan anunciada reforma política. Cuando se esperaban muestras de que en Cuba se estaba dando un cambio generacional y que finalmente aparecerían los jóvenes llamados a reemplazar a la gerontocracia, Raúl anunció la designación del octogenario líder de la vieja guardia de línea dura del Partido Comunista, José Ramón Machado Ventura, como el nuevo número dos del Gobierno y del partido. Peor aún, para justificar la ausencia de nuevo liderazgo dijo que el país no cuenta con una reserva de políticos jóvenes con madurez y experiencia suficiente para sustituir a los líderes “históricos”.