A punto de cumplirse el primer año de su mandato, el presidente estadounidense Barack Obama ha mostrado por primera vez su faceta altruista en la ayuda para paliar catástrofes. La maquinaria de ayuda estadounidense funciona a toda potencia con la ayuda de donativos, equipos de rescate, diplomáticos y soldados. Pero además de motivos humanitarios, Obama se mueve por otra preocupación: que una oleada de refugiados haitianos llame a las puertas de Estados Unidos.
La terrible noticia del terremoto llegó a la Casa Blanca a las 17:52 horas. Obama apenas tardó media hora en reaccionar. “Con solo un par de centenares de millas oceánicas entre nosotros y con la larga historia que nos une, los haitianos son vecinos de Estados Unidos”.
En Estados Unidos viven unos 850 mil inmigrantes procedentes de Haití, aproximadamente la mitad de ellos en Florida, cuya principal metrópolis, Miami, solo dista una hora de vuelo de la capital haitiana, Puerto Príncipe. Y desde el primer momento Obama tiene mucho interés en evitar una llegada masiva de inmigrantes ilegales mientras Haití se estabiliza. Por eso a nadie le sorprende que los estadounidenses sean los principales donantes de ayuda al país caribeño.
Obama detuvo el miércoles el proceso de deportación de unos 30 mil inmigrantes haitianos ilegales que actualmente viven en Estados Unidos. Al mismo tiempo su gobierno envió una gran ayuda militar a Puerto Príncipe, que incluye un portaaviones y un barco anfibio con 2 mil marines que estarían listos para intervenir se se produjeran altercados. “Es una tragedia bíblica que persigue a Haití y al pueblo haitiano”, aseguró visiblemente conmovida la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, quien el miércoles suspendió su gira por el Pacífico norte y también un viaje conjunto con el secretario de Defensa a Australia, para tener así total disposición a la crisis haitiana.
Tanto la secretaria de Estado como su marido, el ex presidente estadounidense Bill Clinton, tienen una especial relación con Haití, donde en los años 70 pasaron su luna de miel. El ex presidente es además en la actualidad enviado especial de la ONU para el país, uno de los más pobres de América. También fue él, Bill Clinton, quien intervino en 1994 para ayudar a volver al poder al depuesto presidente Jean-Bertrand Aristide, el primer mandatario en llegar al puesto mediante elecciones democráticas tras décadas de dictaduras militares. Sin embargo, tras su asunción, Aristide demostró ser tan corrupto como sus antecesores y en 2004 fue desalojado nuevamente del poder.
Bajo la supervisión de Naciones Unidas, en 2006 pudo ser elegido un nuevo presidente, Rene Preval, a quien Estados Unidos atribuye el mérito de haber conseguido estabilizar el país poco a poco. El pasado mes de julio el Fondo Monetario Internacional premió incluso la serie de reformas llevadas a cabo en Haití –a pesar de la situación desfavorable del país– y condonó un millón de dólares de su deuda. “Nunca había habido tanta esperanza para el país”, se lamento Hillary Clinton. “Y ahora llega la madre naturaleza y la destruye”.