[DISTORSIONES]

Beatifican a Reagan en su centenario

Sin ideas a futuro ni figuras de peso para la elección presidencial del 2012, la ultraderecha republicana exhuma a un caudillo con pies de barro.

Con la agobiante exuberancia con la que suelen celebrarse los centenarios, los sectores más conservadores dentro del Partido Republicano hoy voltean al pasado para reinventarse y excavan a Ronald Reagan con el fin de beatificarlo.

La semana pasada, por ejemplo, Sarah Palin, la política ultraconservadora convertida en celebridad, exhortó al país a “recuperar los valores” del presidente que gobernó en la década de los años 80, y criticó al gobierno actual por incrementar la deuda pública, los impuestos y el gasto.

Palin dice, al igual que muchos otros conservadores, que durante el gobierno de Reagan todo fue vida y dulzura. Que durante esos ocho dorados años el país recuperó el camino a la prosperidad y la autoconfianza. Que en ese lapso se recortaron los impuestos y se redujo el tamaño del gobierno. Y que fue él quien reconstruyó la grandeza militar del país y ganó la guerra fría.

Negar que el país tuvo un notable crecimiento económico durante la gestión de Reagan sería una necedad. Lo discutible es a quién atribuirle el mérito por la bonanza, pues para muchos economistas más que la política económica de Reagan, la recuperación se debió más a las medidas tomadas por el jefe de la Reserva Federal, Paul Volcker que, irónicamente, fue nombrado por Jimmy Carter.

Aunque Reagan renegaba del gobierno y de sus programas tuvo el tino para dejar intactos los elementos centrales del Nuevo Trato de Franklin Delano Roosevelt. Durante su gestión, después de cada recorte fiscal vino un aumento que a final de cuentas dejó los gravámenes fiscales al mismo nivel. Al término de su mandato, el gasto del gobierno federal era mayor que al principio del mismo. Y la deuda pública se triplicó. De su política interna lo más rescatable sería la reforma migratoria integral que benefició con una amnistía a casi tres millones de indocumentados.

De la política exterior de Reagan habría que revisar sus discursos, para entender que más que un intento deliberado por reconstruir la grandeza militar del país, Reagan ordenó la carrera armamentista, porque estaba convencido (equivocadamente) de que el arsenal soviético era formidable y había que igualarlo, no para acabar con el comunismo sino para sobrevivir. Cuando ocurre el colapso del imperio soviético Reagan, a diferencia de sus seguidores, tuvo la decencia de atribuirlo a sus inherentes fallas económicas y políticas.

De su manejo de la política exterior estadounidense hacia América Latina lo menos que se puede decir es que fue un desastre de principio a fin. No solo fue un fiero opositor a la devolución del canal de Panamá sino que desencadenó una sangrienta guerra en América Central que pudo haberse evitado y que dio pie a otro incidente imperdonable. El llamado “Irán-contra affaire”, autorizado por Reagan fue una operación secreta, ilegal y anticonstitucional gestada en la Casa Blanca para venderle armamento a Irán a cambio de rehenes yobtener dinero que, en parte, fue subrepticiamente desviado para financiar a la Contra nicaragüense.

No se puede negar que Reagan ha sido la inspiración de esa parte medular del movimiento conservador en el que las iglesias, principalmente de los estados del sur del país, han tenido una influencia decisiva, sobre todo en la formulación de la agenda social del partido republicano. Pero sugerir, como hacen ahora los del Partido del Té que los ocho años de gobierno de Reagan fueron paradisíacos es un desatino.

En este sentido, es natural que las críticas a Obama y la glorificación de Reagan hecha por Palin en la celebración del centenario de su nacimiento hayan sido acogidas con júbilo por la audiencia de un foro archiconservador. Afortunadamente no faltó quien criticara duramente el mensaje y a la mensajera. “Palin es, fundamentalmente, una artista de telecomedia dedicada a hacerse publicidad y a ganar dinero”, dijo Ron Reagan, uno de los hijos del ex presidente, “y su aspiración a la candidatura presidencial no puede ser tomada en serio”. Y menos, digo yo, cuando se atreve a violar la paz de los sepulcros para intentar apoderarse de una anacrónica bandera cuyos méritos son muy discutibles.


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