[EXTRACTO]

Para Betancourt, el fin del silencio

Una encuesta Gallup/Invamer reveló que 80% de los colombianos tiene una imagen desfavorable de Betancourt, lo cual, dice ella, le afecta profundamente.

El silencio de Ingrid Betancourt en verdad ha terminado. En su último libro Hasta el silencio tiene un fin: Mis seis años de cautiverio en la jungla colombiana, la ex candidata presidencial recrea el tiempo que pasó como prisionera de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, mejor conocidas como las FARC.

Escrito en francés, es un relato fascinante y aterrador de una mujer extraordinaria y polémica que, sobre todo, nunca ha dejado de ser ella misma: una sobreviviente; de la selva, de la violencia, de la política, de las fuerzas más oscuras. Y si bien el libro de Betancourt es un grito de indignación contra sus secuestradores, es también una afirmación de su libertad.

¿Por qué escribir sobre los peores años de tu vida?, le pregunté en una entrevista reciente. ¿Por qué no tratar de olvidarlo?

“Era muy importante traer de la selva aquello que podía ser compartido con los demás”, dijo. “Para mí fue muy importante el ejercicio de escribir, porque nunca fui capaz de decirle a mis niños, a mi mamá, ni a las personas que quiero, lo que sucedió”.

Ingrid fue secuestrada el 27 de febrero de 2002. Entonces era candidata presidencial por el Partido Oxígeno Verde y había hecho una escala de campaña en San Vicente del Caguán, reducto de guerrilleros izquierdistas en el sur del país. El gobierno del presidente Andrés Pastrana había advertido a Betancourt que era muy peligroso viajar allí y le había retirado su equipo de seguridad unas horas antes de su parada de campaña, en un esfuerzo para desalentarla. Sin embargo, ella decidió continuar. Poco después, hombres armados detuvieron su auto y la hicieron prisionera junto con otros que la acompañaban.

En cautiverio, Ingrid trató de escapar en cada ocasión que se presentaba. Después de su tercer intento fue brutalmente golpeada por tres guerrilleros. En su libro ella describe lo que pasó después: “Sentía convulsiones, como si estuviera metida en un tren que viajara a gran velocidad ... Mi cuerpo y mi corazón permanecieron congelados durante el breve espacio de una eternidad”. Tras el ataque, los guerrilleros le pusieron una cadena al cuello y la regresaron a jalones al campamento de las FARC. Pero no perdió su determinación. “Para mí, escapar era verdaderamente una obsesión”, dijo Betancourt.

Esto la confrontó con la jefa de su campaña presidencial, Clara Rojas, quien había sido secuestrada el mismo día y compartía una jaula con Betancourt. “Tuvimos, frente al secuestro, dos actitudes diferentes. Ella quería adaptarse y esperar que la liberaran sin poner en riesgo su vida. Para mí era diferente. Para mí nada era más importante que la libertad, que volver a donde estaban mis hijos, mi mamá”.

Ingrid fue liberada tras una operación militar el 2 de julio de 2008, junto con otras 14 personas. Más de un año después estaba de vuelta en el centro de la atención pública al demandar, a través de sus abogados, 6 millones de dólares al Gobierno de Colombia por daños sufridos durante su cautiverio. “Mira, yo creo que la culpa de mi secuestro la tuvieron las FARC”, dijo. Luego matizó: “Pero tampoco puedo aceptar que me señalen a mí como responsable ... Estaba en campaña presidencial y me quitaron mis escoltas ... ¿Por qué me quitaron las escoltas y por qué me dejaron seguir en un carro del Gobierno?”.

Francisco Santos, ex vicepresidente de Colombia quien fue secuestrado en 1990 por narcotraficantes y estuvo prisionero ocho meses, calificó la demanda de Betancourt como “ingratitud” hacia el gobierno que la liberó. Una encuesta Gallup/Invamer reveló que 80% de los colombianos tiene una imagen desfavorable de Betancourt, lo cual, dice ella, le afecta profundamente.

En nuestra entrevista, aseguró que su demanda por una compensación –que más tarde retiró– nunca fue una ofensa contra el ejército o los soldados que la liberaron. “La ley colombiana protege a las víctimas de terrorismo y permite que las víctimas de terrorismo pidamos que se nos den reparaciones”.

Juan Carlos Lecompte, esposo de Ingrid cuando fue secuestrada, no aparece en el libro. A muchos sorprendió el abrazo tan tibio –y tan público – que se dieron al volverse a ver luego de seis años y medio. “Me sorprendí mucho al verlo a él en la pista del avión, ahí detrás de mi madre. Y cuando lo abrazo yo esperaba, de pronto, unas palabras de afecto, pero él lo único que me dijo fue: ‘¿Me puedo seguir quedando en tu apartamento?”. “Juan Carlos es un ausente en el libro porque fue un ausente en todo ese período de cautiverio”.

¿Pero, regresará Betancourt, quien ahora divide su tiempo entre París y Nueva York, a Colombia y a la política? “La política que veo en mi país no me atrae”, dijo. “No quiero volver a ejercer en ese ámbito”.

Sus prioridades están en otro lado. “Yo vivo entre mi hijo que vive en París, Lorenzo, y mi hija que vive en Nueva York, Melanie”, concluyó. “No tengo lo que yo podría llamar una ‘casa’. Ese es mi próximo proyecto”.


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