¿Bioterrorismo o psicoterrorismo?

El estilo de vida del estadounidense ha cambiado de forma radical desde el 11 de septiembre

Xavier Sáez-Llorens A menos que las esporas del bacilo causante de ántrax sean dispersadas en el aire que respiramos mediante el uso de misiles o aviones fumigadores, la estrategia actual empleada por los terroristas no puede considerarse como arma de destrucción masiva. De hecho, más de 4 mil personas en Estados Unidos han estado expuestas a la bacteria y solo unas 30 (menos del 1%) han sido infectadas. Es evidente que el mayor éxito de estos ataques radica en el impacto psicológico, más que biológico, del método bélico utilizado. Esta astucia de dirigir correspondencia contaminada a personajes de la máxima notoriedad pública (políticos de renombre, cadenas de televisión, etc.) debe mejor acuñarse con el término de “psicoterrorismo”.

El estilo de vida del estadounidense ha cambiado de forma radical desde el 11 de septiembre. Nadie quiere abrir cartas (el correo electrónico está empantanando el espacio cibernético); la venta de máscaras antigases, antibióticos, pastillas antidepresivas y agua embotellada ha aumentado de forma impresionante; poca gente decide vivir o trabajar en edificios altos (algunos incluso han adquirido paracaídas especiales); se evita al máximo el hacinamiento y el deambular por lugares públicos; los viajes en avión, metro o buses han declinado substancialmente; las mujeres no usan zapatos de tacón por si hubiese necesidad de correr; el temor se ha apoderado de la fiesta de Halloween; y ahora, más que nunca, la Biblia forma parte de los enseres personales diarios.

Mientras su Gobierno se enfrasca en una conflagración asimétrica e impredecible, los ciudadanos estadounidenses volvieron al solaz de sus remansadas pasiones, dando paso al amor y sexo como actividades protagónicas para ahuyentar la soledad. Como si todo esto fuera poco, un número plural de personajes “graciosos” genera, con propósitos incomprensibles, falsas alarmas para amplificar el pánico cotidiano.

No sé si por solidaridad con el pueblo gringo, por temor a la incertidumbre que despierta lo novedoso o por creer que el cristianismo es antagónico con el islam, muchos panameños sucumben también al miedo provocado por la palabra bioterrorismo. Aunque concuerdo con las autoridades de Salud del país en la necesidad de estar alertas y preparados para eventuales e insospechados ataques químicos o microbiológicos, la posibilidad de que nuestro país sea blanco de estos ataques es extremadamente improbable. La primera variable de la ecuación amenaza + vulnerabilidad > riesgo, falta en Panamá en las circunstancias actuales.

No obstante, resulta conveniente aplaudir la iniciativa de proveer al personal de correos con protección adecuada para distribuir (no abrir, ni siquiera por accidente...) alguna que otra correspondencia que, de forma fortuita y aleatoria, haya sido contaminada con esporas del ya famoso bacillus anthracis. De ocurrir algún caso esporádico, nuestras dependencias hospitalarias cuentan con el arsenal antibiótico adecuado para la prevención y tratamiento del carbunco no fulminante. Exhorto a la sociedad a no abastecerse e ingerir fármacos antimicrobianos sin orden médica, medida que además de innecesaria puede ser perjudicial. Afortunadamente, ahora se requiere de una prescripción de un facultativo para adquirir antibióticos en las farmacias del país.

Lamentablemente, estar preparados significa caer en gastos cuantiosos para los cuales el Ministerio de Salud no estaba preparado. Ojalá que esta erogación monetaria y la desviación del recurso humano para afrontar nuestro mínimo riesgo, no interfieran con la ejecución y mantenimiento de programas sanitarios enfocados al control de enfermedades que sí nos amenazan directamente: el dengue hemorrágico, el sida, la influenza, la desnutrición severa, el tabaquismo, etc.

Si algo positivo pudiera surgir de este psicoterrorismo, sería el pensar que cuando acabe esta irracional guerra y se disipe el miedo colectivo, una nueva y renovada visión del mundo nos asista: ver a los países desarrollados enarbolar la bandera del amor, la equidad y de la solidaridad humana con los Estados pobres por encima de la felicidad superficial otorgada por el confort, el poder y el dinero. Así el mundo sería una aldea global justa y placentera para vivir en ella. ¿Estaré soñando?

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