Silvio Antonio Vega Los constantes cambios que vive el mundo moderno, se ven acompañados de nuevas formas de combate; una de las formas emergentes es el bioterrorismo, que aparece por la búsqueda incesante de los terroristas de nuevas armas de alta eficiencia y de bajos costos.
Se trata del uso de agentes biológicos o de sus toxinas como elementos de ataque. Las armas biológicas son relativamente más mortíferas que las armas termonucleares; por ejemplo, 100 kilos de esporas de anthrax dispersados en la ciudad de Washington causarían unos 3 millones de muertes; en contraste, un megatón nuclear cansaría aproximadamente 1.5 millones de muertos.
Las grandes epidemias aparecidas a finales del siglo pasado como la criptosporidiosis por contaminación de la planta potabilizadora de agua en Milwaukee; el síndrome pulmonar por Hantaan virus; los brotes de contaminación alimentaria por Salmonellas y E. coli O157H7; las fiebres de Ebola y Marburg en Africa, y la epidemia de influenza en Honk Kong, han requerido de respuestas internacionales que nos hacen reflexionar sobre como debemos prepararnos para un ataque con armas biológicas.
La utilización de un agente biológico como arma no es una idea nueva ni específica del mundo moderno. En el siglo XIV, durante el sitio de Kaffa, puerto marítimo del mar Negro situado en la península rusa de Crimea, las fuerzas tártaras experimentaron un brote de peste bubónica. Buenos soldados y hábiles para convertir lo negativo en positivo, los tártaros comenzaron a arrojar los cuerpos enfermos de sus camaradas sobre los muros de la fortaleza con el objeto de infectar las tropas defensoras. La enfermedad se difundió después de que los tártaros se retiraron. Durante las guerras napoleónicas, la contaminación intencional de fuentes de agua fue un hecho tan común como el uso de varillas de pungi (palos afilados de bambú cubiertos de heces) durante la guerra de Vietnam en los años sesenta, que mataban al enemigo de una sepsis por bacterias intestinales.
Desafortunadamente, desde hace mucho tiempo los seres humanos han utilizado toxinas biológicas naturales o artificiales como armas de guerra. Estos esfuerzos pueden ser tan sofisticados como los llevados a cabo recientemente por Iraq mediante el empleo de ántrax o botulismo, o tan simples y exquisitamente eficaces como las flechas embebidas de curare y otras toxinas vegetales y animales que se han utilizado desde hace siglos en las selvas de América del Sur para envenenar a los enemigos.
El uso de agentes biológicos como armas para infundir terror es real y creciente. Estas armas pueden devastar poblaciones enteras, desarticular las economías, destruir la infraestructura de los gobiernos a todos los niveles y generar precisamente el tipo de pánico que los perpetradores buscan.
Los televidentes estadounidenses y del mundo entero pudieron apreciar el horror de las tragedias del World Trade Center de Nueva York y del edificio Murrah de Oklahoma City, adquiriendo conciencia del potencial destructivo que pueden tener las armas en manos de individuos extraviados, descontentos o desposeídos. El terror resultante del empleo de agentes biológicos es aún mayor, porque puede no existir un acontecimiento o explosión visible que advierta a la población. El peligro puede ser, y probablemente será, silencioso y sutil.
Un aspecto que ha estado presente virtualmente en todos los programas encarados en países y comunidades que han debido enfrentar estas amenazas, es la absoluta necesidad de una sólida infraestructura de salud pública. Sin excepción, los funcionarios de salud pública, los líderes elegidos y los funcionarios militares y de emergencia, ponen de relieve la importancia que reviste una adecuada estructura de salud pública al nivel local para poder reconocer y enfrentar estas amenazas.
Muchos expertos parecen haber llegado a la conclusión, de que el éxito en este campo provendrá de una combinación de factores: (1) un eficaz sistema de comunicaciones, incluyendo, una red electrónica de vigilancia epidemiológica eficaz, que permita a las autoridades de salud reconocer inmediatamente las posibles amenazas y comunicar el peligro y las posibles soluciones; (2) herramientas para prevención y tratamiento; (3) mejores laboratorios en los sectores público y privado, para poder identificar con precisión estas enfermedades; así como las vacunas y otros tipos de medicamentos que pueden prepararse, almacenarse y proveerse, y (4) el conocimiento de las amenazas, para que los profesionales de salud de todos los niveles puedan asignar prioridades, evaluar, tratar, educar y proveer la información y los servicios requeridos, cuando se presente la necesidad de tomar una acción decisiva.
El autor es médico microbiólogo
