“Divide y vencerás”. Parece ser el lema adoptado por el ex primer ministro británico Tony Blair para lograr sus ambiciones políticas europeas. A falta de candidato alternativo, el ex premier ha provocado una escisión que se profundiza cada día entre quienes desearían verle como futuro presidente del Consejo Europeo y la facción de sus adversarios, que recuerdan su escaso entusiasmo europeo en el pasado reciente.
Mientras la República Checa no firme el Tratado de Lisboa –extremo que parece inminente según las últimas manifestaciones del euroescéptico presidente checo, Vaclav Klaus–, ni la Comisión Europea podrá renovarse ni tampoco se podrá nombrar el futuro “presidente de Europa”, aunque los dados están lanzados y algunos nombres, aunque no muchos, figuran sobre la mesa.
Por el momento, el ex premier laborista británico cuenta con el apoyo claro de un terceto restringido formado por su propio país, Irlanda e Italia. Ante esos modestos apoyos, Blair cuenta con un frente de rechazo integrado por Austria, Luxemburgo y Bélgica, países pequeños que temen una actitud de arrogancia del británico si es que asume el cargo, tal vez en 2010.
El primer ministro de Luxemburgo, Jean–Claude Juncker, ha recordado incluso la poca afición europea del Reino Unido, que además de estar al margen del euro, la moneda única europea, tiene numerosas cláusulas opt–out, excepciones que Londres ha conseguido a determinadas políticas comunitarias. El problema es que la “oferta” de candidatos es escasa, por no decir única. De momento, parece que Blair es el candidato único, extremo que recuerda a los regímenes totalitarios que –a modo de referéndum encubierto– someten a un “candidato único” a la aprobación o rechazo de sus electores, sin matices.
Por ello, junto al grupo más favorable a Blair, acompañan a modo de comparsa resignada otro amplio grupo de países que apoyarían –sin gran entusiasmo– al ex primer ministro laborista: Francia, Dinamarca, España, Portugal, Lituania, Eslovenia y Hungría. Otro grupo, se considera a sí mismo “neutral”, es decir que aceptarían a Blair o a otro candidato: Holanda, Grecia, República Checa, Letonia, Finlandia, Eslovaquia, Rumanía, Chipre, Malta y Bulgaria.
El problema para el británico es que cada día crece el frente de rechazo a su candidatura. Lo más peligroso para cualquier líder político europeo es no gozar de la “bendición” de Alemania y de Francia, los dos motores principales de la construcción europea. Y, eso le está ocurriendo a Blair. En unas declaraciones al rotativo galo Le Figaro, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, dejó entender que ya no ve con tanto agrado a Blair. “Personalmente creo en una Europa que sea políticamente fuerte y a la que encarne una persona, pero el hecho del Reino Unido no esté en la moneda única es un problema”, aseguró.
Tampoco la canciller germana, Angela Merkel, está muy entusiasmada con que Blair pueda convertirse en el presidente de Europa. Suecia, que preside este semestre la Unión Europea (UE), y Polonia tampoco pertenecen al campo más favorable al británico. El presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, aceptaría a Blair, aunque obviamente le gustaría más ver a su compañero del partido socialista y ex presidente del gobierno Felipe González en ese puesto. Pero González repite una y otra vez que no aspira a ocupar ese puesto. Y ello a pesar de los últimos elogios recibidos del ex comisario europeo de Relaciones Exteriores Chris Patten.