Si no se cuenta con un ejército, es casi imposible derrocar un gobierno. El ejército puede ser el oficial, que, por cualesquiera razones, abraza la causa (o la utiliza como pretexto para dar un cuartelazo) o uno creado expresamente para ese fin. Ejemplos: China, Cuba, Nicaragua, países donde las tropas revolucionarias, al cabo de largas y cruentas batallas, infligieron derrotas decisivas a las tropas del gobierno y llegaron al poder, desde el que instauraron en sus respectivas naciones dictaduras férreas, infinitamente más crueles, opresivas y oscurantistas que aquellas contra las cuales habían luchado durante muchos años. Y por favor, no me vengan ahora con el cuento de la revolución de octubre. En Rusia lo que ocurrió fue que el régimen zarista se colapsó bajo el peso de las derrotas militares (tanto el zar como sus generales eran de una incompetencia difícil de concebir) y de la incapacidad de abastecer a las ciudades y al frente. Además, los bolcheviques no tuvieron nada que ver con el derrocamiento del zar; ésta fue obra de una heterogénea alianza de mencheviques, socialistas revolucionarios y liberales, bajo cuya dirección el inmenso país fue el más libre de la historia, como lo reconoció el propio Lenin. Pero el nuevo régimen cometió errores mayúsculos: el mayor de todos, haberse empeñado en proseguir una guerra impopular. Apenas llegó Lenin a Rusia, en el tren precintado que le suministraron los alemanes, se puso a minar la democracia y a hacer llamados histéricos a una revolución socialista mundial, cuya posibilidad solo existía en su cerebro calenturiento. Internamente le fue muy útil la consigna: paz y pan. Mas el poder no estuvo al alcance de sus manos, hasta que se le unieron batallones enteros de soldados, marineros y desertores, hartos de la interminable carnicería. El resto del ejército simplemente se cruzó de brazos.
La revolución mexicana fue posible porque por todo el país surgieron ejércitos populares, dirigidos por líderes agrarios y por figuras tan controversiales como Pancho Villa. La lucha duró casi 10 años y causó un millón de muertos. Así, pues, no es cosa de soplar y hacer botellas.
En el curso de la huelga inglesa de 1926 (realmente general e indefinida) Winston Churchill, en una reunión más o menos secreta, les dijo a los jefes obreros: la pequeña y alta burguesía tienen una capacidad de violencia incomparablemente superior a la de ustedes. Además, son dueños de las armas y están dispuestos a usarlas, palabras que arrojan nueva luz sobre el fascismo en Italia y Alemania, donde los obreros fueron espectadores mudos e impotentes en la toma del poder por ambos movimientos.
****Como cada vez que hay una huelga o una algarada estudiantil (con su consabido cierre de calles), en éstas también oscurecieron mi televisor los capitanes de la empresa privada, y con voz grave (y la misma expresión de pánico que debió de tener en el rostro san Juan cuando escribía su Libro de las revelaciones) vaticinaron desastres sin cuento. El principal: ningún capital extranjero volverá a invertir en Panamá. Si fuera cierto, nadie invertiría en Estados Unidos ni en Europa, donde todos los días hay huelgas, protestas y manifestaciones populares. Pero a un buen capitalista no lo arredran tales minucias. Conoce su alcance y ha aprendido a convivir con ellas. Los capitalistas panameños, en cambio, son, por lo visto, los más cobardes del mundo. Voy a parodiarme: los líderes sindicales tienen los empresarios que se merecen. Y viceversa.
****En nuestra casa de Zegla, unas avispas negras, de tamaño aterrador (sus aguijones eran como puñales), habían colgado su ¿nido? ¿panal? en una esquina superior del balconcito. Por razones que no conozco (el calor, tal vez) hacia mediodía estaban con un humor de perros. Cuando éramos chicos (10 y nueve años respectivamente) a mi hermano Rodrigo y a mí nos daba a esa hora por, con la punta de una escoba, alborotarlas. Llegamos a adquirir tal destreza, que cuando las avispas, en defensa propia, nos atacaban, abríamos la puerta y nos poníamos a salvo en el interior de la casa. Pero una vez, cuando fuimos a abrir la puerta, descubrimos con horror que alguien la había cerrado por dentro. Te doy permiso para imaginarte el resto de esta historia.
****El energúmeno del procurador amenazó con invadir la universidad. También tiene los nervios débiles. Los que cierran calles y arrojan piedras son una ínfima minoría, mirada con indiferencia, cuando no con desprecio, por la gran masa de estudiantes. Si Sossa lleva a cabo su amenaza, tendrá que enfrentar la protesta no de los 14 pirocéfalos de costumbre, sino la de decenas de miles de alumnos y profesores de la universidad, y dejará a las puertas de la presidenta un chicharrón de tamaño familiar.
¿Qué se propone Sossa? Ni los arnulfistas, ni el PRD, ni mucho menos Endara lo van a reelegir para un nuevo período. No siga alborotando las avispas, porque alguien puede cerrarle la puerta por dentro.
