[CRISIS DE GOBIERNO]

El Cairo, ilusión y miedo

Como en toda jornada revolucionaria, la gente se muestra más generosa. Cuando ven algún corresponsal de prensa se acercan para expresarle sus ansias de acabar con este régimen.

Las gentes de la plaza del Tahrir, siempre mal urbanizada porque es difícil que encarne un símbolo permanente del moderno Egipto, estaban ilusionadas en que la manifestación de ayer sería de un millón de personas.

Bien cercada por carros de combate, impecables, sin una mota de polvo, por soldados de aire relajado, condescendientes con los que no cumplen la orden del toque de queda, era un ágora abierta para la expresión de las frustraciones acumuladas en las décadas del poder del rais Mubarak, y de las ilusiones de una anhelada liberación popular.

En orden, penetraban en la vasta plaza entre el edificio de rosada fachada del Museo Nacional Egipcio, la mole de la mastodóntica Mogma, siniestra construcción de un estilo arquitectónico que para los egipcios fue la imagen de la opresión, incendiada; el antiguo hotel Hilton, ahora en obras, grupos de manifestantes prorrumpían en gritos contra Mubarak al que llaman el otro “sha”, comparándolo con Reza Pahlevi, el rey de reyes persa, protegido por Estados Unidos y derrocado en 1979 por la Revolución Islámica de Irán en el despejado ámbito de su calzada con otros grupos de gentes excitadas y con un deseo de comunicarse a flor de piel.

Había un extraordinario espíritu de convivencia, de necesidad de dar testimonio de su cólera, de su indignación por los años de dictadura, pero también de su juvenil esperanza de una inmediata renuncia del poder de Mubarak y de su salida de Egipto.

Como en todas estas jornadas de ilusiones revolucionarias, la gente se mostraba más generosa. Cuando veían algún corresponsal de prensa extranjera se le acercan para expresarle sus ansias de acabar con este régimen, explicándole atrocidades, torturas, injusticia sin fin. Como ocurría en las manifestaciones de Teherán de hace un par de años en contra del presidente Ahmadineyad, necesitan hablar para hacer llegar su voz al mundo. En medio del pacífico gentío de la plaza, unos manifestantes encaramados sobre un destartalado vehículo rebosante de basura exhibían una grotesca caricatura del presidente.

Fue entonces cuando se me acercó un hombre casi harapiento a entregarme unos billetes de varios centenares de libras egipcias que se me habían caído del bolsillo al sacar mi vieja cámara fotográfica. Un joven que le acompañaba me dijo: “En Egipto, señor, respetamos y tenemos mucha consideración a los extranjeros”. Unos adolescentes distribuían panecillos entre los congregados en la plaza y en un lugar muy céntrico se arrodillaban docenas de hombres para rezar. “Aquí –siguió hablando mi interlocutor– solo el 1% de los manifestantes pertenece a la cofradía de los Hermanos Musulmanes”.

No todos los habitantes de esta inmensa y paupérrima capital, de esta gran aldea que es El Cairo, comparten estas emociones. La ciudad que había sido durante décadas muy segura (yo la he pateado a veces de noche a través de decrépitos miserables suburbios sin ningún miedo) se ha convertido en muy peligrosa.

El Cairo ha cobrado un cierto aire del Bagdad del principio de la posguerra de 2003, cuando sufrió los criminales pillajes, los saqueos escalofriantes de una ciudad sin orden y sin ley. Incluso hicieron un amago de robar dos momias faraónicas de su museo. Verónica, amiga periodista latinoamericana, tuvo que abandonar su piso del barrio residencial de Madi, donde viven numerosos extranjeros, aterrorizada por las intimidaciones de unas vecinas, armadas con palos, y por el ambiente de delincuencia que se ha extendido súbitamente en muchas zonas de la capital.

“En 11 años de vivir en Oriente Medio no me había sentido tan vulnerable”. Desde que se escaparon presos de la cárcel de Tora y de otros penales, desde la desaparición en masa de agentes de policía tras las violentas manifestaciones de la semana pasada, grupos de bandidos roban a mano armada, desplazándose a veces en motos, y la ciudad ha quedado abandonada a su suerte.

Como en Bagdad, habitantes de barrios han organizado su propia protección y vigilan detrás de muros y barricadas, armados de fusiles, cuchillos o palos. Desde los altavoces hay mezquitas que difundían advertencias: “Atrincheraos en vuestras casas, cerrad las puertas con llave, que las mujeres no salgan ni a los balcones y que los hombres empuñen las armas a su alcance. Hervid agua y aceite para arrojar sobre los asaltantes”. El nuevo civismo ilusionado de la plaza del Tahrir y el miedo que se extiende como reguero de pólvora han brotado en un abrir y cerrar de ojos en esta milenaria ciudad del Nilo.


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