Caja de letras Akane y el Propliopithecus

Akane era la chica más hermosa que hombre o dios hubiera visto. Su tez era clara y dulce, como la leche con azúcar. Así, los hombres la disfrutaban con la mirada, sintiendo sed y hambre de amor. Sus ojos eran verde-esmeralda. Cuando lloraban, se veían tan tiernos que conmovían hasta al ser más desalmado. Dícese que muchos demonios fueron liberados del infierno con tan solo ver llorar los ojos de Akane.

Sus gestos eran muy delicados y hacían juego con su tierno rostro. Daba la impresión de ser una criatura intermedia entre hada y princesa, o niña y diosa. Cuando sonreía, los hombres sentían que una extraña magia se había apoderado de ellos.

Akane no tenía que hacer nada para conquistar a los hombres, pero los hombres tenían que hacer todo para conquistar a Akane. Sí, siempre tenían que hacer todo y hasta algo más. Incluso los más destacados amantes de la historia, Casanova y Don Juan, agotaron todas las posibilidades humanas y divinas en el arte de conquistarla. Aún así, no les fue suficiente para enamorar a Akane. Los más hermosos halagos no conmovían su corazón. La más exquisita poesía, solo la hacía bostezar. No había verso adecuado para ella. Akane resultaba inconquistable.

Sin embargo, para sorpresa de todos - excepto del Creador que ya lo sabe todo- una vez un Propliopithecus se atrevió a enamorarla. Este Propliopithecus creyó ser más hábil que la suma de Don Juan y Casanova elevados a la última potencia. “No hacen falta los perfumes, ni los regalos, ni las adulaciones, ni la poesía, ni la música para enamorar a Akane”, decía el Propliopithecus. “Tampoco uno tiene que ser rico, famoso, o poderoso, para conquistarla”, agregaba con cierta arrogancia.

Así, pues, sin ninguna arma en mano y sin contar con la asesoría de Venus o Cupido, el Propliopithecus se dirigió a la casa de Akane y pidió una entrevista privada con ella. Al poco tiempo de conversar con Akane, el Propliopithecus salió de la mano con una mujer enamorada. Todos se miraban asombrados entre sí. “¿Cómo fue esto posible?”, se preguntaban los unos a los otros. Nadie se dio cuenta de que el Propliopithecus era tan feo, que -su fealdad, lejos de asustar a Akane- le causó mucha gracia y por ello le hizo sonreír y reír. Una vez que logró esto, el Propliopithecus solo añadió muy buena voluntad a su rostro y por ello le fue muy fácil conquistar a la inconquistable.

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