Aunque mucho se ha escrito sobre el Canal y los efectos de su construcción y operación, queda todavía mucho por escribir. Sería positivo que el centenario de la vía acuática generara, además de escenarios para el jolgorio, más espacios de reflexión, estudio y análisis. Ello nos ayudaría a obtener mayor conciencia sobre los problemas nacionales y a proponer mejores soluciones al respecto de los mismos.
El impacto sin precedentes de la construcción del Canal en la demografía panameña, sobre todo en la población del corredor interoceánico, es uno de los aspectos más significativos del capítulo histórico relacionado con la vía acuática. En su cuidadoso estudio sobre la presencia afrocaribeña en Panamá (Black Labour on a White Canal, 1985), el profesor Michael Conniff estima que cerca de 200 mil antillanos migraron al istmo entre 1850 (año del inicio de la construcción del ferrocarril transístmico) y 1914 (año de terminación de las obras del Canal).
Evidentemente, no todos se quedaron. Es probable que la mayoría haya vuelto a sus islas de origen –principalmente Jamaica (durante la construcción francesa) y Barbados (durante el período estadounidense)– pero decenas de miles permanecieron en Panamá, cuya composición étnica y cuya cultura cambiaron a raíz de esta migración masiva.
Tanto en Panamá como en la Zona del Canal se trató a los afroantillanos con oportunismo y desdén (por no decir desprecio). Por una parte, los gobiernos de ambas jurisdicciones reconocieron que sin el aporte laboral de los obreros provenientes del Caribe, sería difícil construir la vía acuática. La Comisión del Canal Ístmico, en consecuencia, se aseguró de pagarles salarios ventajosos en comparación con lo que podían recibir en sus países nativos, que no era mucho, pues las condiciones económicas de las Antillas inglesas y francesas estaban, en esos momentos, considerablemente deprimidas.
Panamá, además, reconoció que la presencia antillana en las ciudades terminales era positiva para la economía nacional y particularmente apetecida por los comerciantes y dueños de las grandes casas de inquilinato de Colón y los barrios capitalinos de El Chorrillo, Calidonia, San Miguel, El Marañón, Guachapalí, El Granillo y otros. Por ello, el Gobierno nacional inicialmente se abstuvo de imponer restricciones migratorias a los antillanos, en una época en que se aplicaron limitaciones de este tipo contra otras etnias y nacionalidades, como lo demuestra un interesante trabajo del jurista Juan Antonio Tejada Mora (“Tratamiento de las ´razas de inmigración prohibida´ en Panamá”, Revista Lotería, marzo/abril de 2013).
Efectivamente, si desde 1904 se prohibió la inmigración de “chinos, turcos y sirios” al territorio nacional, no fue hasta 1926 cuando, mediante la Ley No. 13 de ese año, por primera vez se prohibió la entrada de “negros de las Antillas y de las Guayanas, cuyo idioma original no sea el castellano”. En los inicios de la República, entonces, nuestras políticas discriminatorias de migración fueron “tolerantes” hacia los antillanos, por los motivos señalados.
Las condiciones de vida que Panamá les ofrecía, sin embargo, dejaban mucho que desear. Miles de afrocaribeños vivían hacinados en cuartos de inquilinato, con limitado acceso a servicios higiénicos. Y aunque Panamá nunca legalizó la discriminación racial (como sí lo hizo la Zona del Canal), en el istmo los afroantillanos fueron durante muchos años maltratados y excluidos.
En la Zona del Canal se impuso desde temprano un régimen de segregación y discriminación. Si bien los ingresos recibidos por los afroantillanos eran, al inicio, lo suficientemente atractivos para mantener a muchos al servicio de las obras canaleras, las condiciones laborales a las que estaban sometidos eran abiertamente discriminatorias. Era virtualmente imposible que accedieran a posiciones superiores y las circunstancias de vida que la Comisión del Canal Ístmico les ofrecía, a regañadientes, eran considerablemente inferiores a las que tenían acceso los empleados estadounidenses.
Al respecto de la experiencia afrocaribeña, íntimamente vinculada al Canal de Panamá, podría decirse mucho más. Concluyo, por falta de espacio, con la observación de que 100 años después de la inauguración de la vía, aún nos cuesta admitir y procesar esta historia llena de complejidades.
En este sentido, es interesante que el suplemento sobre el centenario de la vía acuática, publicado en este diario el lunes 11 de agosto, sobre Cultura y ciencia desde el canal, haya mencionado al Instituto Smithsonian, al Museo del Canal, a la Ciudad del Saber y al Biomuseo, pero no haya dedicado una línea al Museo Afroantillano. Sería muy oportuno que, con motivo de la actual celebración, la Autoridad del Canal ofreciera mayor apoyo a esta y otras entidades preocupadas por reconocer y estudiar la presencia afrocaribeña en Panamá.

