[COMPROMISO MUNDIAL]

Caridad en tiempos difíciles

De los que mueren por causas evitables, relacionadas con la pobreza, casi 10 millones, según la Unicef, son niños menores de cinco años de edad.

Durante mi gira por Estados Unidos para promocionar mi libro, The Life You Can Save: Acting Now to End World Poverty, con frecuencia me preguntan si no es éste un momento inadecuado para pedir a los pudientes que aumenten su esfuerzo para acabar con la pobreza en otros países. Respondo enfáticamente que no. No cabe duda de que la economía mundial tiene problemas, pero, si los gobiernos y las personas recurren a esa excusa para reducir la ayuda a los más pobres del mundo, lo único que harán será multiplicar la gravedad del problema para el mundo en conjunto.

La crisis financiera ha sido más perjudicial para los pobres que para los ricos. Sin pretender minimizar el golpe económico y psicológico que sufren quienes pierden su empleo, los desempleados en los países opulentos siguen teniendo una red de seguridad, en forma de prestaciones de la seguridad social y, por lo general, atención de salud gratuita y educación gratuita para sus hijos. También tienen saneamiento y agua potable.

Los pobres de los países en desarrollo no tienen ninguna de esas ventajas, lo que resulta fatal para unos 18 millones de ellos, todos los años. Se trata de un número anual de víctimas mayor que el de la II Guerra Mundial y resulta más fácil de prevenir. De los que mueren por causas evitables, relacionadas con la pobreza, casi 10 millones, según la Unicef, son menores de cinco años de edad. Mueren a consecuencia de enfermedades como sarampión, diarrea y paludismo, cuyo tratamiento o prevención son fáciles y baratos.

Nosotros podemos sentir el dolor de perder un nivel de opulencia al que hemos llegado a acostumbrarnos, pero la mayoría de las personas de los países en desarrollo siguen teniendo, conforme a niveles históricos, una situación extraordinariamente desahogada. ¿Ha comprado durante la semana pasada, una botella de agua, una cerveza o un café, cuando tenía agua del grifo gratuita? Si es así, se trata de un lujo que los mil millones de personas más pobres del mundo no pueden permitirse, porque tienen que vivir todo un día con lo que el lector haya gastado en una de esas bebidas.

Una razón por la que podemos permitirnos la cantidad de ayuda que concedemos es que la que damos es insignificante en comparación con lo que gastamos en otras cosas. El Gobierno de EU, por ejemplo, gasta unos 22 mil millones de dólares en ayuda exterior, mientras que los americanos donan, en privado, tal vez otros 10 mil millones de dólares.

En comparación con el plan de estímulo de 787 mil millones firmado por Obama, esos 32 mil millones de dólares son una menudencia. También son menos de 0.25 dólar por cada 100 dólares que ganan los americanos. Naturalmente, algunas naciones hacen algo mejor: Suecia, Noruega, Dinamarca, los Países Bajos y Luxemburgo superan el objetivo fijado por la ONU de asignar el equivalente del 0.7 del PIB bruto a la ayuda exterior, pero incluso 0.70 dólar por cada 100 dólares no es demasiado para afrontar uno de los grandes problemas morales de nuestra época. Si se permite que aumente la pobreza extrema, provocará nuevos problemas, incluidas enfermedades que se extenderán desde países que no pueden prestar una adecuada atención de salud a los que sí pueden hacerlo. La pobreza propiciará que más migrantes intenten trasladarse, legalmente o no, a las naciones ricas. Cuando haya una recuperación económica, la economía será menor que si toda la población mundial pudiera participar en ella.


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