La naturaleza humana incluye una tendencia a echar a los demás la culpa de lo que sucede, quizá como complemento necesario de la incapacidad para reconocer las culpas propias. La Biblia habla de la paja en el ojo ajeno, pero no dice a qué espejo deberíamos mirarnos para ver la viga que se esconde en el nuestro. Tal vez la ciencia nos dé alguna que otra pista o, en su defecto, una buena coartada.
Un diario español se ha hecho eco de las preocupaciones de los científicos que están llevando a cabo el proyecto Microbioma Humano, una especie de mapa de las bacterias que viven en nuestros cuerpos y contribuyen a que se mantengan lozanos. Pues bien, parece ser que la higiene, principal factor que consiguió hace poco más de un siglo detener la cadena de las peores enfermedades infecciosas, está llevando ahora a que desaparezcan también los microorganismos imprescindibles para la vida humana. Con el añadido tremendo de que nuestro sistema inmunitario se confunde al desaparecer los gérmenes y termina por perder buena parte de su eficacia cuando éstos vuelven.
Recuerdo que hace años, estando en California, me llamó la atención el que Francisco Ayala –el biólogo, no el escritor – obligase a sus hijos –unos críos entonces– a comerse un pedazo de pan caído al suelo. Se trataba de eso, de compensar las amenazas de un mundo de asepsia obsesiva en el que los gérmenes han desaparecido casi por completo en los víveres que se ofrecen a la venta y hay que buscar otras formas de poner nuestras defensas en marcha. Los científicos del proyecto Microbioma Humano lo dicen de otra forma: se debe llevar los niños al monte, hacerles vivir en contacto con la naturaleza tal como estaba antes de que hiciésemos de las ciudades una especie de burbuja hermética.
A mí me parece que quienes sostienen ese menosprecio de corte y alabanza de aldea no están al tanto del estado agónico, por lo que hace a la limpieza, de las calles de cualquier capital del reino de España. Con excepciones que deben ser muy honrosas, pero yo desconozco, la profusión de basuras es la norma. Pero peor aún es que el mensaje de los investigadores preocupados por la pérdida de las bacterias se refiera a la higiene excesiva como causa principal de que cundan la diabetes, la obesidad y las alergias. ¿Está usted gordo? ¿Pierde el aliento? No se sienta como un delincuente: no es culpa suya. La responsabilidad recae en la exigencia social del aseo. Muerte a la ducha.
Sólo nos faltaba una coartada así para convertir la convivencia social en un martirio. Si resultaba ya insufrible el acoso de los móviles en cualquier lugar, las charlas a gritos en los restaurantes y los empujones en cada pasillo de cualquier hipermercado o cola del cine, tener que aguantar la peste inducida en nombre de la salud perdida es bastante como para optar por la vida del eremita. Sin descartar, claro es, el asesinato como vehículo mejor de la sociopatía inevitable.