Ana Alfaro Especial para La Prensa revista@prensa.com
Si fuera necesario elegir un aspecto de la cultura japonesa, que epitomase al todo, tendría que decir que es la ceremonia del té, ya que sus conceptos subyacentes de belleza, simplicidad y armonía lo son también de las artes japonesas, puesto que los grandes maestros del té han ejercido una enorme influencia sobre ellas: pintura, caligrafía, ikebana (arreglos florales), arquitectura, botánica, jardinería y cocina, todas estas artes y ciencias están íntimamente ligadas a la ceremonia del té, su manantial de sabiduría zen.
Sus nombres en japonés indican cómo el todo, complicado y profundo, se concentra en lo básico: uno de ellos, cha-no-yu, literalmente significa el agua hirviente para el té, conjugando en esta simple imagen la esencia zen de los grandes maestros, mientras que el otro, sa-doo, significa el camino (o la manera, o la senda) del té, con lo que abarca el todo de esta cultura, absoluta en su identidad, compuesta de un millón de ambigüedades.
En los términos más simples, la ceremonia del té implica la preparación de té verde en polvo para los invitados, siguiendo las pautas establecidas por la tradición, con el fin de disfrutar su sabor austero en silencio y serenidad.
La costumbre de beber té se originó en China, durante la dinastía Sung, alrededor del año 1191 y fue incorporada al espíritu nipón junto con muchas otras artes y costumbres chinas; no obstante, la ceremonia del té que se practica hoy en día en la tierra del sol naciente data del siglo XVI, y se debe a Sen no Rikyu, su fundador. Era éste, hijo de un rico mercader de Sakai, población cercana a Osaka. En aquel entonces, únicamente los ricos y poderosos tenían acceso al fastuoso mundo del té, y utilizaban la ceremonia para hacer despliegue de sus ostentosos implementos, lacas y porcelanas. Pero Rikyu se interesó en la forma en que los maestros religiosos aplicaban los preceptos del budismo zen a la ceremonia, encontrando valores sacros dentro de lo familiar y mundano. Para esto, siguió el ejemplo de un maestro zen del siglo XV, Murata Juko, rompiendo con todas las tradiciones: barrió con todo lujo y redujo la ceremonia a lo absolutamente esencial, celebrando la ceremonia en un espacio de cuatro tatamis y medio (un tatami es una estera de paja de aproximadamente 3 x 6), con una perfecta y armoniosa economía de movimientos y materiales.
