La revista británica Nature, que ocupa el primer lugar entre las que tienen mayor impacto en el mundo científico, acaba de anunciar la puesta en marcha de una nueva publicación de su sello editorial. Se trata de Nature Middle East, cuyo subtítulo de “Emerging Science in the Arab World” deja muy claro sus propósitos.
El editor es Mohamed Yahia, de quien debo confesar que no sabía quién era ni a qué se dedicaba hasta que me he enterado de que es periodista, tiene un título en farmacología por la universidad de El Cairo y se ocupaba ya de la ciencia en la página virtual IslamOnline.net. Pero que Nature haya puesto en sus manos la tarea de promover la divulgación de la ciencia árabe dice mucho en su favor. Siempre que eso de “ciencia árabe” tenga sentido, claro.
El enfoque local, por grande que resulte la localidad –y el mundo árabe es gigantesco–, parece en verdad contrario a lo que la ciencia, como método de conocimiento, tiene por principios fundamentales. Lo que ha hecho que la comunidad científica logre el acceso mejor que hay a los fenómenos del universo y, de paso, actúe como locomotora para el desarrollo económico es justo lo contrario: la erradicación de los localismos. Cualquier experimento realizado en un laboratorio de California puede replicarse en Viena, en Buenos Aires, en Benarés o en Damasco, dando pie a la capacidad exquisita del método científico para someter a prueba sus hallazgos siempre que alguien quiera hacerlo.
No hay nada en principio que sesgue la investigación en favor de una localidad, una etnia, un grupo social o una bandera. Son los principios de la excelencia, del talento y de la creatividad los que, unidos a un método muy riguroso y exigente, marcan las diferencias en favor de la ciencia y de los resultados que consigue. Pero...
Los peros aparecen de la mano de los estudios sociológicos que ponen de manifiesto hasta qué punto se dan en el mundo científico discriminaciones por razón de sexo, de bienestar económico, de estatus social y hasta de lengua. La propia revista Nature se ha hecho en ocasiones eco de esas rémoras poniendo de manifiesto que ser mujer, trabajar como investigador en un país emergente o tener una lengua materna distinta a la inglesa son factores que redundan en contra del éxito profesional en cualquier disciplina científica. De ahí que para llegar a la situación ideal de una ciencia libre de sesgos es necesario hacer algo más que mantener el nivel logrado hasta ahora.
Imagino que es ese el sentido de una Nature Middle East: abrir una puerta allí donde las cadenas del pasado histórico convierten en difícil el competir en talento con, qué sé yo, el Max Planck, el Pasteur o el MIT de Massachusetts. Pero incluso las iniciativas más plausibles tienen su lado oscuro. Como el de unas simples preguntas. ¿Habría sido posible sin lo que supone el dinero del petróleo una edición de Nature dedicada al mundo islámico? ¿Se podría hacer lo mismo en Bangladesh, o en el África subsahariana?