La moda del tratamiento contra las arrugas Botox tiende a hacer olvidar que se trata de una poderosa toxina cuyos efectos a largo plazo se desconocen, advierte un especialista en el número del British Medical Journal (BMJ) que publicó ayer.
La utilización de ese producto con fines cosméticos, para mantener una apariencia joven evitando las arrugas, ha aumentado en mil 500 % en los últimos cuatro años en Estados Unidos, señala el doctor Peter Misra, especialista en neurofisiología del National Hospital for Neurology and Neurosurgery de Londres.
Y, alrededor de las reuniones llamadas Botox-parties, veladas en las que se mezcla alegremente champán e inyecciones de la toxina, es fácil olvidar que ese producto contiene una poderosa neurotixona y que sus efectos a largo plazo aún son desconocidos, explica el doctor Misra.
El principio activo del producto, vendido con el nombre de Botox, es, en efecto, la toxina botúlica, originariamente producida por la bacteria Clostridium botulinum, responsable del botulismo, intoxicación alimentaria grave que puede ser mortal.
Se trata de un veneno sumamente fuerte, al punto que se ha planteado su posible uso con fines de bioterrorismo.
La toxina botúlica tiene, por otra parte, verdaderas indicaciones médicas, por ejemplo para curar ciertos tics y espasmos mulculares del rostro o para contrarrestar los excesos de transpiración de las axilas. Se utiliza asimismo para tratar otros problemas de salud, como la hiperidosis palmar (para evitar el problema social que sufren las personas que tienen siempre mojadas las palmas de las manos) o el exceso de saliva.
Pero esta toxina se ha popularizado increiblemente para evitar las arrugas. Se aplica mediante inyecciones repetidas que paralizan los músculos del lugar a tratar. Por ejemplo, las inyecciones en la frente paralizan los músculos cuyas contracciones repetidas llevan con el tiempo a la aparición de arrugas.
Las ventas mundiales de Botox pasaron entre 1993 y 2001 de 25 millones a 310 millones de dólares, para alcanzar una suma estimada en 430 millones en 2002.
El doctor Misra señala que los experimentos con animales mostraron que la toxina puede bloquear la transmisión de señales químicas entre las células nerviosas, y la ciencia carece de datos sólidos para evaluar sus efectos en el sistema sensorial.

