GUATEMALA. –Hace menos de 10 días los países centroamericanos festejaron, sin mayores alharacas, porque no daba para tanto, el acuerdo comercial Acuerdo de Asociación (AA), concretado con el Unión Europea.
Seguí desde Panamá, primero y Guatemala, después las instancias finales de las negociaciones que se celebraban en Madrid. Será bueno el AA –me dijo un allegado al presidente panameño Ricardo Martinelli–, pero más por otras razones que las meramente comerciales.
Un comentario parecido me hizo días después un colega guatemalteco, ya firmado el acuerdo. Importa, por supuesto, ampliar las facilidades de ingreso para una serie de productos a un mercado como lo es el de Unión Europea, pero sin olvidar que por ahora solo representa el 15% de las exportaciones de Centroamérica. Las grandes ventas se hacen en el norte.
Tiene, definitivamente, un valor más geopolítico y de oportunidad, que comercial. Se entiende, por ejemplo, que eso influyó decididamente en la “flexibilidad” de los europeos. En momentos de crisis en que se agrieta la fortaleza del euro y se debilita aun más “la imagen” en variados planos de la comunidad, tan altanera hasta no hace mucho, les viene bien esta chance de ser protagonista en una instancia diferente a la de estar remendando los desajustes y zafarranchos de algunos de sus miembros. Además les permite hincarle el diente altema de los “subsidios agrícolas”, los que están en la raíz de lo que hoy les pasa: porque la economía tiene eso, no entiende de voluntarismos y tarde o temprano te pasa la cuenta.
Para Centroamérica importa porque reafirma la autonomía de la región. Al mismo tiempo la fortalece y sirve como mensaje para el poderoso “socio” de siempre, para que los aliados naturales estén atentos y, sin pasarse de la raya, asuman su rol (“para que México se avive”, me dijo un economista panameño) y para ponerle freno a las apetencias y la pretensión de liderazgo de algunos conspicuos presidentes sudamericanos.
Los centroamericanos no aceptan “tutores” –ni los Chávez ni los Lulas– y les disgusta que —como los conquistadores españoles– cualquiera se crea que les puede seguir vendiendo espejitos y cuentas de colores. Además se nota que la “intromisión” en el caso Honduras de tanto “salvador de la democracia” off shore no les cayó bien. Es que los “malos modales” que, según el presidente peruano Alan García, han utilizado algunos de sus colegas continentales, molestan, haya habido o no golpe de Estado. Lo que hizo Brasil, por ejemplo, es considerado, además de un acto de soberbia y de una grosera profanación de los que son las leyes de la diplomacia, una especie de atrevida ingerencia de tipo imperialista, no muy distintas en su esencia a las de los “imperialistas del norte”.
Y entre uno y otro de los nombrados, les preocupa más el brasileño. Chávez, dicen, por lo menos trae dinero o petróleo barato –aunque su intención sea “comprar” adhesiones– y además ya no pesa. Lula, en cambio, viene a ofrecerse como “vocero” iluminado y “abogado defensor” de las naciones “débiles” y como contrapartida crece desmesuradamente el superávit comercial de los brasileños, como ocurre con la misma Venezuela o los países caribeños ( Caricom), o a ofrecer créditos aparentemente blandos, pero eso sí, para comprar productos brasileños –buses o lo que sea– a precios quizás no tan blandos ni muy competitivos.
“Antes que hacer negocios con Lula y sus mandantes brasileños, habría que preguntarle a los paraguayos como les ha ido, en especial en el negocio de Itaupú”. Este comentario que recogí en este breve periplo, refleja que los centroamericanos tienen claro donde están parados y lo que quieren. La asociación con la UE es solo una muestra de ello.

