Hay razones para que el panameño opine de esta manera y ello es nuestra forma de ser. El derecho anglosajón suele inspirarse en la buena fe, en el cumplimiento de las normas por parte de los asociados. Por esta razón, los contratos particulares, las licitaciones, las leyes en general, y las constituciones en particular -verbigracia en Estados Unidos-, contienen principios considerados como esenciales y las partes a quienes los afecten se presupone que van a honrar tales documentos. El derecho latino es distinto. Como se han dado, se dan y se darán tantos casos de incumplimiento, de pillería y de mala fe, es lógico que los derechos y las obligaciones que emanan de los contratos traten de incluir todas las situaciones que de tanto prevenirlas, ocurren. De allí que la parquedad anglosajona tenga su contrapartida en la casuística latina, en ese afán nuestro de considerar de antemano que la otra parte no se comportará de manera normal y violará lo pactado, y que para poder exigir el cumplimiento habrá que incluir la norma con el fin de poder demostrar luego su violación. Todos estos conceptos, esta etiología del tratamiento omnicomprensivo constitucional, son los que nos están llevando a una increíble descripción de situaciones que, de otra forma, podrían perfectamente ser tratadas mediante leyes. Otra razón etiológica es la desconfianza que despierta en muchos ciudadanos y ciudadanas el Organo Legislativo, a pesar de que sus miembros son escogidos en elecciones que nadie duda son honestas. Pero según los vientos que soplan, se tendrá más confianza en quien sea elegido constituyente cuando llegue ese momento, que se espera ha de venir, que en un mero legislador que ha sido escogido mediante elección popular y que forma parte de una institución que heredamos de las épocas romanas. No es el órgano el que se desprestigia, sino las personas que lo integran; y cuando se dice que hay múltiples defectos en el Ejecutivo, Legislativo o Judicial, se considera realmente que la fiebre no está en la sábana sino en los arropados; no en tales órganos, sino en sus integrantes.
Ojalá que no convirtamos la Constitución en un cajón de sastre, donde todo quede dentro de la misma y nada quede fuera; ojalá que nos inoculemos del virus constitucionalista que ataca con furia a una gran parte de la población panameña. Si creemos que la corrupción, la desidia, las violaciones de la carrera administrativa, el problema del seguro social y un largo etcétera se van a subsanar por obra y gracia de la Constitución, es conveniente que Dios nos encuentre confesados. El mejor homenaje que podemos rendirle a constitucionalistas de la talla de José Dolores Moscote, Ricardo J. Alfaro, Eduardo Chiari, César A. Quintero, y otros, es el de coadyuvar para que la Constitución sea, como ellos lo quisieron, la guía, el faro que ilumina, y no una colcha de retazos compuesta por tantas normas que no tienen justificación dentro del texto fundamental, y que la convertirían al cabo en un adefesio jurídico, político y social que en lugar de hacer progresar al país, más bien lo atrasaría.