El Estado mexicano está en deuda con sus ciudadanos y, especialmente, con sus mujeres. La sentencia dictada contra México por la Corte Interamericana de Derechos Humanos es la primera que exige responsabilidades al Gobierno por los horrendos crímenes cometidos en Ciudad Juárez, donde desde hace 17 años actúan los asesinos de mujeres con aparente impunidad.
La histórica condena considera que las autoridades no hicieron nada por evitar y perseguir los asesinatos, por lo que obliga al Estado a investigarlos, a indemnizar a las familias de las víctimas con 550 mil euros (786 mil dólares) e incluso a erigir un monumento en su memoria para que no queden en el olvido.
Las organizaciones no gubernamentales calculan que desde 1993 unas 500 mujeres, jóvenes y de extracción humilde en su mayoría, han muerto asesinadas en Ciudad Juárez y sus alrededores. Previamente, la mayor parte de ellas fue salvajemente torturada, violada y mutilada en un festival de sangre al que los diversos Gobiernos mexicanos han sido incapaces de poner coto.
El machismo desaforado y la corrupción han convertido a Ciudad Juárez en la urbe más peligrosa del mundo. El Gobierno mexicano asegura investigar los femicidios e invoca las 203 sentencias dictadas hasta la fecha, pero la realidad, contumaz, alienta las sospechas de desidia, ahora sancionada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Los femicidios y la impunidad que reinan en Ciudad Juárez ponen en cuestión la sensibilidad de los políticos mexicanos hacia los crímenes cometidos y evidencian una grave debilidad del Estado, incapaz de proteger a sus ciudadanos de un régimen mafioso. Este juicio ni siquiera se ha podido desarrollar, por razones de seguridad, en suelo mexicano.
Este primer caso contra el femicidio se ha ocupado del asesinato de ocho mujeres cuyos cuerpos fueron encontrados en el campo algodonero de Ciudad Juárez, en el año 2001, aunque sólo tres fueron identificadas.
Es una sentencia ejemplar e histórica; una esperanza no sólo para México, sino para un continente en el que perdura un machismo ancestral especialmente cruel.
Aunque no hay datos oficiales fiables, algunos investigadores sostienen que una de cada tres jóvenes latinoamericanas es víctima de la violencia de género. Lo indiscutible es que las muertes van en aumento.