Creo en la existencia de Dios, gracias a seres humanos buenos que aunque imperfectos, han sabido fortalecer y transmitirme de alguna manera, los valores éticos, morales y espirituales que nos enseñan las sagradas escrituras y quienes de ellas se han nutrido a lo largo de la historia. No me atrevería a generalizar y decir que todos aquellos que pretendieron actuar a imagen y semejanza de Dios, son nuestros antepasados analfabetas. Tampoco diría que quienes en él creen, lo hacen por acomodar su concepción a mezquinos intereses. Y es que no todos ellos actuaron o actúan para ganar protagonismo, poder y súbditos. Quien así piensa pretende ser dueño de la verdad absoluta, de la cual nadie lo es. La mayoría que actuó y actúa en nombre de Dios, no provoca víctimas por causas religiosas. Pero como más fácil es vender la muerte y la sangre, sea o no sea en el nombre de Dios, preferimos dar a conocer lo negativo y dejar a un lado a los millones que sí profesan una fe y una esperanza espiritual pacífica, independientemente de su inclinación religiosa.
Achacarle a la religión la mayoría de los males que han aquejado a la humanidad, es para algunos tratar inútilmente de justificar el ateísmo o el agnosticismo, temas de moda. Cristianos contra palestinos, árabes contra hebreos, católicos contra protestantes o chiíes contra suníes, son conflictos que involucran temas y razones mucho más profundas y complicadas que la religión. La elección de un presidente vaquero, de los predicadores que cambian el púlpito por el escaño o de los devotos diputados que violan habitualmente las leyes constitucionales y los mandamientos de la ley de Dios, son producto de la imperfección humana. Peor aún cuando los políticos aprovechan las procesiones en honor a Dios para ganar votos o figurar como almas arrepentidas.
Lamentablemente en la vida terrenal, debemos ejercer la tolerancia, la equidad, la humildad y el respeto, para permitir pacientemente que nuestra fe en Dios escale por encima de tantas maldades e injusticias. Esta es la manera de triunfar y sobresalir, y no despotricando aunque sea a través de una maquiavélica pluma, en contra de quienes tengamos la certeza espiritual, aunque no científica, de la existencia de un ser superior.