El hastío del pueblo panameño, acumulado luego de casi dos décadas de gobiernos dictatoriales, a ratos con maquillaje civil, tuvo su clímax en junio de 1987, provocado por acontecimientos que estremecieron a la opinión pública. Un grupo de profesionales, empresarios y figuras de la sociedad civil, unieron sus esfuerzos y voluntades para adecentar el país. Reunidos en la Cámara de Comercio el 9 de junio de 1987, hicieron un patriótico y vehemente pronunciamiento en el que llamaban a la población a cerrar filas y luchar por la democracia, la justicia y la libertad, campaña que arreciaría desde ese momento.
No obstante, sabemos que la lucha por recuperar esos altos principios se inició el mismo 11 de octubre de 1968, matizada por la cruenta represión, el control de los medios de comunicación y por el inmoral respaldo de instituciones financieras internacionales que introdujeron millones de dólares, sumas apreciables que fueron derrochadas y enriquecieron a los dictadores y sus secuaces.
Próximos a la conmemoración de los 25 años del surgimiento de la Cruzada Civilista, sacamos en conclusión que la democracia imperfecta es mejor que lo que sufrimos durante 21 años de dictadura militar. Más cuando contemplamos el debilitamiento sostenido de la institucionalidad democrática y el papel cada vez más débil de los sectores que deben coadyuvar al apuntalamiento de los valores cívicos, nos preocupamos y meditamos con sobrada frustración, si el sacrificio de tantos panameños y la sangre derramada desde la obscura noche del golpe militar, valió la pena. El destacado ciudadano y filósofo, profesor Diego Domínguez Caballero (q.e.p.d), quien se caracterizó por expresar a través de enjundiosos artículos su válida angustia durante la reconstrucción del país y de nuestro sistema democrático, después de la cruenta invasión, sostenía que la democracia se construye y fortalece sobre una base de sólidos principios éticos, morales y cívicos, inculcados en nuestra juventud a través de la información responsable y de una buena educación.
Lamentablemente, no hemos contado con la base formativa de estos valores. Hemos sido cómplices en no lograr que se divulgue con claridad la calamidad que significó para el país la dictadura, amparada por fuerzas superiores del continente que ni siquiera disimularon sus intereses. Aquellos que desde gobierno y oposición pudieron ocultar el cobre y la perversión que nos asfixió, cuyas consecuencias pagamos todos, han triunfado pírricamente sobre nuestras aspiraciones y nuestra lucha civilista. Los resultados saltan a la vista y, en gran parte, son consecuencia de la incapacidad de los gobiernos posinvasión, al haber enfatizado sus esfuerzos hacia el crecimiento económico, sin una sustentación de valores; el uno no puede subsistir sin los otros y ya estamos acusando recibo de tal falencia. La educación no ha estado a la altura de nuestras oportunidades y, recientemente, se han iniciado esfuerzos por transformarla para ver si podemos acudir, en rauda carrera, a montarnos en el carruaje del desarrollo que exige la época. Me preocupa el futuro de mis nietos y me siento responsable por no haber hecho más.