El mundo se nos ha puesto de manos en tan solo dos semanas. Terremoto en Japón. Tsunami en el Pacífico. Amenaza nuclear. Nubarrones de guerra en el norte de África. Nuestra precaria estabilidad se derrumba. Vivimos, de susto en susto, de sobresalto en sobresalto, la era del horror.
El miedo que enturbió la infancia de mi generación era distinto. La Guerra Civil Española y la Segunda Mundial habían acabado, y aunque no eran tiempos de prosperidad, tampoco se había instalado en Europa el bienestar económico y menos el afán consumista que creó tantas necesidades. Lo que no se conoce no se echa de menos, aunque visto ahora por el espejo retrovisor, la verdad es que eran muchas las carencias. Sin embargo, el mundo no nos infundía temor. En primer lugar, no lo conocíamos, el mundo, quiero decir, y además, los padres forjaron un cerco de protección a nuestro alrededor que nos mantuvo en la inopia hasta que fuimos lo suficientemente mayores para atar cabos.
El miedo que enturbió nuestra infancia, por tanto, y siendo como es un sentimiento natural en el ser humano, era el que provenía de nuestra imaginación, alimentada por los cuentos de terror y aparecidos que corrían por las zonas rurales y que a los niños urbanos nos trasmitían las empleadas domésticas con lujo de detalles. También temíamos el castigo en las llamas del infierno, con el que se nos amenazaba desde los púlpitos en un intento inútil de apartarnos del pecado. Y el juicio final, donde, según se nos decía, se harían públicos los secretos de todos y cada uno de los hombres y mujeres que en este mundo han existido. Una especie de reality show a lo divino.
Nuestros temores eran los que provenían del más allá, los sobrenaturales, porque además, la censura implantada por la dictadura en los medios de comunicación de la época solo nos dejaba saber lo que el régimen quería.
Las cosas son ahora diferentes. Por obra y gracia de la televisión, y de la libertad de expresión, la actualidad se cuela en las casas en vivo y a todo color. En el instante mismo en que se producen los acontecimientos. Ya no tenemos que echar mano de la imaginación para asustarnos. El miedo nos sobrecoge en un parpadeo. El horror está en la pantalla, que lo mismo que escupe muertos, recoge las opiniones más variadas sobre lo ocurrido. Luego, ampliamos la noticia en la web, en los blogs, en las viñetas, en las columnas de los expertos o en los espacios radiales. Llega un momento en que nos saturamos de información. ¿Pero sabemos la verdad?
Sabemos que ha habido un terremoto en Japón y un tsunami; son hechos irreversibles. Pero no sabemos a ciencia cierta el grado de peligro de contaminación nuclear en el nordeste nipón ni las razones auténticas por las que tropas aliadas cubren los cielos de Libia. Y no las sabemos porque esa información no está en manos de los periodistas sino de los políticos.
El escritor asturiano Ricardo Menéndez Salmón expone en su obra El corrector, que tiene como tema los atentados del 11M de 2004 en Madrid, una teoría sencilla y verosímil. Ambos oficios –el del periodista y el del político– se valen de la palabra, pero de modo diferente. Elpolítico fundamenta sus discursos en generalidades –de ahí que resulten tan aburridos– y enmascara la verdad con frases de trinchera. El periodista, por el contrario, va al detalle, al hecho concreto, siempre que se lo permitan, dado que la versión oficial de los asuntos cruciales queda en manos de los gobernantes. Y normalmente se la callan.
Un miedo más se añade a los que se nos cuelan en casa. El miedo que a que ni la contaminación esté en vías de ser controlada ni que el ataque a Libia tenga como único fin derrocar a Gaddafi. En realidad es lo que desearíamos, que el peligro nuclear pase y que el tirano caiga, pero ya no somos inocentes; recordamos Chernobyl e Irak, por decir lo más contundente, y no creemos en cuentos de aparecidos.